Javi y Tania me recomendaron este libro. A ambos les había gustado mucho y creían que a mí podía encantarme. Pero, en un giro inesperado de los acontecimientos, ha resultado que no, que la historia de Pedro Simón me ha dejado bastante frío. Entiendo que haya personas que conecten con la historia y con todo lo que plantea, pero, en mi caso, la lectura ha generado más rechazo que emoción. En esta reseña de Los incomprendidos te cuento por qué.
Creo que el principal problema del libro es que intenta abarcar demasiados temas a la vez. El secreto de la hija, el conflicto de la tía, el pasado del tío, las tensiones de los padres, el misterio en torno al hermano. Todo aparece casi en cascada, como si el autor quisiera tratar muchos conflictos para asegurarse de tocar la fibra sensible. En mi caso, ese empeño ha tenido el efecto contrario: más que conmoverme, me ha incomodado. Y no por la dureza de las situaciones —libros como Tan poca vida o Nada se opone a la noche, que me encantan, se escriben desde el dolor—, sino por la forma en que se construye ese dolor.
Esto me lleva directamente a la manera de narrar. La historia alterna los puntos de vista de Javier, el padre, e Inés, la hija. Una misma realidad observada desde dos lugares distintos: lo que Javier cree que Inés piensa frente a lo que Inés realmente siente; lo que Inés imagina que pasa por la cabeza de su padre frente a lo que él vive en silencio. Sobre el papel, el planteamiento es interesante. El problema es que queda diluido por un exceso de sentimentalismo. Da la sensación de que el texto no confía del todo en la fuerza de los hechos y necesita subrayarlos constantemente con un lenguaje que, para mí, resulta demasiado.
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Ahora sé que vivir consiste sobre todo en adaptarse.
¡Continúo con la reseña de Los incomprendidos! Esa sensación se extiende también a la construcción de los personajes, que no he logrado sentir como naturales. La tía, Clara, con esa actitud happy flower permanente, me ha parecido pasada de rosca, casi caricaturesca. Con Inés, pese a todo lo que arrastra y a los problemas evidentes que atraviesa, no he conseguido empatizar; en gran parte, por la forma en que se dirige al mundo y al resto de personajes. La historia del hermano de Javier, Paco, queda desdibujada al entremezclarse con otros hechos, perdiendo fuerza e impacto. Y el caso de Roberto, el hijo, me ha generado un especial malestar: la forma en que se expone su misterio me ha parecido poco delicada, más pendiente de sostener la intriga y el «morbo» que de tratar el tema con el cuidado que, a mi juicio, requería.
A favor del libro juegan su extensión —304 páginas— y la facilidad con la que se lee. También me ha resultado especialmente interesante la historia que Javier lee por motivos laborales, así como la que escribe para su hija, que aportan algo de aire dentro del conjunto. Sin embargo, nada de esto ha sido suficiente para que la novela me entusiasme.
Los incomprendidos ha pasado por mi vida sin pena ni gloria. No ha habido match. No estábamos hechos el uno para el otro (y no pasa nada). Para gustos, colores. Siempre lo digo.


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