Leí Tan poca vida en 2019 sin saber muy bien a qué me enfrentaba. Estaba en un momento vital de gran alegría: creía en el futuro, en las personas, en la posibilidad de que todo saliera bien. El libro se encargó de acabar con todo.
A día de hoy, todavía no sé si se lo agradezco o se lo reprocho. Pero sí sé una cosa: no he dejado de recomendarlo desde entonces. Es —y lo digo con plena conciencia del término— mi libro favorito. ¿Terrorismo emocional? Por supuesto. ¿Absolutamente brillante? También.
Hay quien lo critica por poco verosímil, porque «no es posible que le pasen tantas cosas horribles a la misma persona». A esa gente sólo puedo desearle una larga vida sin sobresaltos. Qué suerte tener la posibilidad de pensar que el dolor tiene límites, que la tragedia se dosifica. Qué privilegio pensar que el sufrimiento se reparte de forma equitativa. Tan poca vida te arranca de ese pensamiento confortable y te planta cara con una historia que no hace concesiones.
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Creo que el único secreto que tiene la amistad es dar con personas que sean mejores que tú; no más listas ni más populares, sino más buenas, más generosas y más compasivas, y valorarlas por lo que pueden enseñarte, escucharlas cuando te dicen algo sobre ti, por malo (o bueno) que sea, y confiar en ellas, que es lo más difícil de todo, pero también lo mejor.
No existen palabras suficientes para definir el viaje emocional al que Yanagihara somete a la persona lectora. A lo largo de cuarenta años condensados en poco más de mil páginas (aunque parezcan mil quinientas del peso emocional), la autora construye una historia de amistad, de amor y, sobre todo, de trauma, contada con una intensidad tan desmedida que unx no sabe si cerrar el libro o abrazarlo.
Lo que sí puedo decir es esto: no es un libro que se lee; es un libro que se sobrevive. Y, cuando se acaba, una parte de ti se queda atrapada dentro, como diciendo: «Bueno, pues ya está. No hay nada más que contar». Aunque, en realidad, lo que quieres decir es: «No puedo con más, Hanya. De verdad, ya está bien».
Años después, me he aficionado —sin culpa— a ver vídeos de gente que llora leyendo el libro. Ninguna pena. Ya estuve ahí. Bienvenidxs al club.


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