Hay una canción de La Oreja de Van Gogh (#TeamLeire) que habla de ese momento en el que una persona tiene todo para que te guste, absolutamente todo. Sin embargo, no despierta nada en ti. Algo parecido, con unos cuantos matices, voy a contarte yo en esta reseña de Carcoma.
El libro de Layla Martínez está lleno de misterio, que se presenta desde sus primeras páginas. Una nieta y una abuela están encerradas, de alguna manera, en una casa que es dueña y señora, llena de poder. No se sabe bien qué ocurre, porque esta historia se cocina a fuego lento, pero se sabe que esta familia española esconde un secreto muy oscuro. Con este punto de partida, todo indica que estamos ante un camino lleno de tensión.
La narración de esta historia corre a cargo de dos protagonistas (abuela y nieta), dos voces que se alternan de forma continua entre capítulos para darnos a conocer sus puntos de vista sobre los hechos ocurridos —que, como he dicho, se desvelan poco a poco—, pero también sus vivencias pasadas, con los pensamientos y sentimientos que éstas arrastran. La voz de la abuela es la voz de la experiencia: nos cuenta los entresijos de los conflictos del pueblo, de la historia familiar, de la oscuridad de la casa. También nos habla de su nieta, a quien no duda en exponer de forma pública y, sin embargo, cuida y protege. Ella, la nieta, en respuesta, desde el puro desconocimiento, critica a su abuela por ser todo lo que ella no quiere ser… sin darse cuenta de que, en realidad, en lo más profundo, no son tan distintas. Esta voz, más fresca, más directa, más moderna, es de gran interés por el contraste que genera.
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Las cosas que se llevan dentro no se arrancan fácilmente. En esta casa eso lo sabemos bien.
Ambas, abuela y nieta, nos hablan de temas que están presentes en todo el libro: violencia de género, venganza, desigualdad social, poder, memoria histórica, creencias. Dichos temas se exponen de forma atractiva gracias a una narración que sorprende —estilo similar al de propuestas como Panza de burro o El vampiro de la colonia Roma—, recurriendo a la exposición oral, como quien cuenta una historia a un público atento. El público está atento, sí, porque, insisto, todo cuanto se cuenta en esta historia es seductor, desde las tramas principales hasta las que sirven para completar la propuesta de la autora.
Entonces, si lo que se cuenta es interesante, y también la forma en que se hace, ¿por qué este libro no me ha enamorado? He llegado a la conclusión, después de pensar y pensar antes de escribir esta reseña de Carcoma, que la extensión juega en su contra. Porque, si bien Layla Martínez aprovecha cada una de las páginas que conforman el libro para plantear un inicio, un desarrollo y un cierre que no deja cabos sueltos (aunque a mí el final me parece descafeinado), creo que la historia podría haber dado mucho más de sí. Quizás, con subtramas mejor desarrolladas. O con personajes más profundos y complejos, con protagonistas que despierten en unx algo, el qué, no lo sé, ni siquiera importa.
Carcoma es, por supuesto, un buen libro: la crítica y el público lo han alabado durante estos años… y eso no se lo quita nadie. Sin embargo, yo he echado en falta sentir algo más: lo que sentí leyendo El cielo de la selva.


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