En este libro no hay giros argumentales. No hay muertes, revelaciones explosivas ni confesiones finales. No hay un gran acontecimiento que lo cambie todo. Y, sin embargo, no lo necesita. Porque Bret Easton Ellis no escribe sobre lo que pasa, sino sobre lo que se siente mientras todo (y nada) ocurre. Tiene una capacidad extraordinaria para convertir lo cotidiano en una experiencia reveladora. Un paseo en coche. Una película en el cine. Una noche cualquiera de fiesta. Escenarios banales que, en sus manos, se convierten en radiografías perfectas del vacío, la desconexión, el miedo.
En poco más de 170 páginas, que se leen casi sin querer, no hay ni una sola escena gratuita. Cada acción, cada diálogo, cada gesto está ahí por algo. Las descripciones, que a veces rozan lo obsesivo, y las reflexiones, sutiles pero demoledoras, construyen un mundo donde todo parece estar en pausa y al borde del colapso. Y es justo ahí, en esa suspensión inquietante, donde Ellis brilla. Con un control absoluto del tono, del ritmo, de los silencios.
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Es una chica maravillosa. Solo está cansada.
No es mi libro favorito del autor —Los destrozos y American Psycho han dejado más huella en mí—, pero sí uno de esos que te recuerdan lo difícil que es escribir bien sin recurrir a lo grandilocuente. Que hacen evidente que lo importante no siempre está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta. Y que quitar, en lugar de adornar, es a veces el mayor acierto.
Quizás no lo recomendaría como primera lectura de Ellis, pero, una vez dentro de su universo, este libro es fundamental.


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