La primera vez que oí hablar de Los destrozos fue en un pódcast. Yo no escucho pódcasts —no me concentro, me pierdo, me aburro—, pero ese día no tenía escapatoria. Iba encerrado en un coche rumbo a Madrid, sin posibilidad de poner otra cosa. Supongo que fue el destino. O, tal vez, Lucía Lijtmaer, susurrándome (gritándome) que ese libro iba a ser una obsesión. Que tenía que leerlo. Y no se equivocó. Cuento el porqué en esta reseña de Los destrozos.
Los destrozos no es un libro cualquiera. Es un libro que entra por los poros, que se desliza como un deseo mal gestionado, que obsesiona como una herida que no sabes si quieres curar o seguir rascando. Es sexual, psicológico, elegante, sucio, retorcido, hipnótico. Uno de esos libros que llevas contigo a todas partes, aunque no esté físicamente contigo. Coges el coche y lo recuerdas. Tienes una cita y estás pensando en volver a él. Inventas excusas para quedarte en casa y seguir leyendo, porque no soportas dejarlo esperando.
Bret Easton Ellis, autor de American Psycho, firma aquí una obra más íntima, más densa y más autorreferencial, pero igualmente oscura y provocadora. Se mueve entre el thriller, la autoficción, el coming-of-age y la novela de horror psicológico, construyendo una atmósfera enfermiza y magnética.
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Me aterrorizaba, como lo hace el amor, como lo hacen los sueños.
Seguimos con esta reseña de Los destrozos. Ellis juega con el miedo, la culpa, la memoria, el deseo, la muerte. Y lo hace con una precisión escalofriante, cuidando cada mínimo detalle. Nada sobra. Cada póster, cada canción, cada película mencionada, cada encuentro aparentemente trivial, cada silencio: todo suma. Todo está colocado como una pieza de dominó que, tarde o temprano, caerá. Incluso las subtramas más pequeñas —que en otro libro serían puro relleno— aquí importan.
Los destrozos te posee. Te convierte en cómplice, en confesor, en espectador incómodo de una mente perturbada que no deja de buscar, de excavar, de sangrar. Y, cuando llegas a la última página, lo único que quieres es olvidar para volver a empezar. Una vez más. Una última vez. Una vez más.
Corre a tu librería de confianza, hazte con Los destrozos y… bon appétit, baby.


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