No me canso de decir, supongo que no lo haré nunca, que el gran problema de las expectativas es que rara vez se cumplen. Ocurre en ocasiones, y, cuando lo hace, yo me lleno de orgullo y satisfacción. Pero ¿qué sucede cuando no? Te lo cuento en esta reseña de Las gratitudes.
La historia que cuenta Delphine de Vigan es, en esencia, sencilla y conmovedora: la de una mujer que, ya en la vejez, comienza a perder su capacidad de hablar, de nombrar todo cuanto la rodea. Con ello, pierde su identidad —para mí, el tema principal del libro y no la gratitud (¡lo siento, Delphine!)—, se pierde a sí misma. Esta situación, que podría resultar dramática y desoladora, se viste, sin embargo, de ternura, porque resulta inevitable sentirla ante las ocurrencias de la protagonista; también de comedia, especialmente en una conversación final entre Jérôme y Marie en un guiño a ella, a Michka.
Ellos, Jérôme y Marie, son los personajes secundarios que guían esta novela. Con una narración alternada, saltando de uno a otro, descubrimos parte de sus historias (inquietudes, miedos, sueños, esperanzas, pasados…), pero, sobre todo, de la de Michka, una mujer que ha vivido, en una sola vida, muchas vidas: la de víctima de guerra, la de huérfana, la de madre inesperada. Ellos tres y las relaciones que se establecen son el motor.
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Eso lo cambia todo, Marie. Tener miedo por otro, otro que no seas tú. No sabes la suerte que tienes.
¡Sigo con mi reseña de Las gratitudes! Es ahí, en esas relaciones, donde está mi problema con el libro. Porque siento que, pese a lo profundo de las mismas, son superficiales, especialmente debido a los diálogos. Las conversaciones que se dan entre ellxs me resultan artificiosas, poco naturales. Y es curioso, porque, si bien el contenido es la vida misma, la forma en que hablan, en que se expresan, no lo son.
Las gratitudes es ficción, claro, y, como tal, hay ciertas licencias que debemos conceder. No obstante, no puedo evitar pensar que parte de esta historia parece ideada para agradar. Y lo consigue, porque no son pocas las personas que piensan que es su mejor obra (¡y eso que existe Nada se opone a la noche!). Yo, se puede intuir, no soy una de ellas.


Coincido, lo acabo de leer, me pasé las últimas páginas llorando… pero en el 85% del libro me ha faltado más coherencia en las relaciones teniendo en cuenta la historia , más intimidad…