En 2025, Jamie me regaló este libro por Sant Jordi. Al ver cuál era (no lo conocía), me dijo: «Léelo cuando te apetezca. No quiero que sientas presión ni que tengas prisa. De verdad». Y yo, que soy una persona que decide sus lecturas según el mood en el que se encuentre en ese momento, le hice caso. El 1 de enero de 2026 me ha parecido buena fecha para empezarlo y, prácticamente del tirón, acabarlo. Él quiere saber qué me ha parecido; yo se lo cuento en esta reseña de La casa limón.
El libro se construye a partir de capítulos breves y fragmentarios que van saltando entre distintos momentos y edades de la protagonista. Una estructura que me lleva a pensar, inevitablemente, en Han cantado bingo: escenas aparentemente aisladas que funcionan como piezas sueltas hasta que, poco a poco, empiezan a encajar y a mostrar una historia mucho más dura de lo que parecía al principio.
A través de la mirada de la protagonista, una niña con un mundo interior inabarcable, descubrimos un relato profundamente triste, marcado por la salud mental, los abusos sexuales o la ausencia de libertad. Sin embargo, todo nos llega de forma suavizada gracias a sus ojos todavía inocentes, capaces de relativizar lo terrible, de normalizar lo que no debería ser normal, de restar valor a la gravedad. Y ahí, justo ahí, está uno de los grandes aciertos del libro: en ese contraste entre lo que se cuenta y la forma en que se cuenta.
En este sentido, los sueños juegan un papel fundamental. Es en ellos donde aparece lo perverso, lo oscuro, lo dañino, lo que la protagonista no se atreve a expresar en el mundo real porque el sufrimiento es demasiado grande. Los sueños funcionan como un espacio en el que la violencia y el miedo encuentran su lugar, un altavoz que nos ayuda a entender lo que la protagonista no quiere (o no sabe) nombrar.
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Hay risas que encierran más infelicidad que las lágrimas que puede verter una persona en toda su vida.
¡Seguimos con la reseña de La casa limón! En medio de todo esto, los libros aparecen como refugio, como un castillo —literal y, a la vez, metafórico— en el que protegerse del mundo. Para la protagonista, leer se convierte en una forma de huida, pero también de supervivencia; un lugar seguro al que volver cuando la realidad pesa demasiado. Esta especie de homenaje de la autora a la literatura es, para mí, lo más bonito del libro, por ser capaz de describir, de forma muy sencilla, el poder de los libros.
Esta historia no se entiende del todo sin el contexto social y político que la rodea. Un régimen dictatorial, un entorno opresivo que marca la vida de los personajes incluso cuando no se menciona de forma explícita. Esa ausencia de libertades, la pobreza y el miedo, entre otras cuestiones, se filtran en lo cotidiano, moldeando las relaciones y, en consecuencia, el desarrollo emocional de la protagonista. Aquí, el contexto no actúa como un simple telón de fondo; es una presencia constante.
Casi un año después —Jamie, puedes ver que no he tenido prisa—, he terminado La casa limón con una sensación muy concreta: la de que no he leído una historia que me cambiará la vida, pero sí una que recordaré mucho tiempo. Por ser la primera del año, pero, sobre todo, por quién la trajo a mi vida.


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