Seré directo en esta reseña de Fuego en la garganta: es una novela que quiere ser muchas cosas a la vez. Y, en algunos momentos, lo consigue. Beatriz Serrano construye una historia que, de entrada, resulta atractiva: mujeres al límite, una tensión que se cuece a fuego lento y un entorno opresivo que promete explotar. Todo apunta bien. Pero, al menos para mí, el desarrollo no termina de estar a la altura de lo que plantea.
La primera parte funciona como introducción: correcta, entretenida, con cierto ritmo. Pero le falta ese algo que hace que un libro te atrape. La tercera parte, que debería sostener el peso emocional del desenlace, sufre el efecto contrario: con la sorpresa ya desvelada, todo se siente más débil, como si la intensidad se hubiese esfumado justo cuando más la necesitábamos.
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Dentro de mí hay una grieta. A veces tengo miedo de que se abra de golpe y me parta por la mitad.
Y, sin embargo, ahí está la segunda parte. Vibrante, cruda, afilada. Es, sin duda, lo que me habría gustado que fuese todo el libro. En esas páginas, Beatriz recoge el testigo de El descontento y le da forma de ficción con una potencia que desborda. Su lenguaje se vuelve más directo, menos complaciente, y la historia cobra una verdad que hasta entonces parecía esquiva.
Por eso, quizá, la decepción que muestro en esta reseña de Fuego en la garganta es mayor: porque la autora ha demostrado que puede llegar más lejos, que puede ser mucho más cínica, más mordaz, más inteligente. Pero el libro, en su conjunto, no lo hace. Y lo que podría haber sido una novela incómoda y feroz se queda a medio camino. Como si le faltase el coraje de volver a hacer lo que mejor sabe hacer.


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