Sigo a Beatriz Serrano desde hace años. Siempre me ha fascinado su forma de escribir: aguda, brillante, con un humor que muerde, pero no hiere. Por eso, cuando supe que había publicado su primera novela, no dudé: tenía que leerlo. En casa los libros pendientes se acumulan, pero éste pasó directamente a la cima del montón. Y fue, sin duda, una gran decisión. Te cuento más en esta reseña de El descontento.
Aunque el humor atraviesa cada página, no es el objetivo del libro, sino su herramienta más afilada. El verdadero núcleo es la precariedad, esa forma silenciosa de erosión vital. La historia de Marisa, una protagonista íntima del Orfidal, es la historia de muchísimas personas atrapadas en trabajos que desgastan, que ahogan, que roban más de lo que ofrecen. Porque unx puede jugar a las oficinas, pero escapar del sinsentido es otra historia.
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Las vacaciones son como una tirita para tapar el corte de un hacha.
Y, ante eso, llega la risa. Una risa necesaria, casi terapéutica. Mientras lees, te sorprendes riendo a carcajadas. No una vez, sino muchas. Me pasó, porque las ocurrencias de Marisa son tan delirantes como reales. Tan absurdas como reconocibles. Como la vida misma, que nunca es sencilla y, en lo laboral, rara vez es justa.
El descontento se divide en tres partes que funcionan como los actos de una tragicomedia muy bien medida. La primera es una crítica mordaz al sistema que nos exprime. La segunda es, directamente, una genialidad: me hizo reír con una escena mínima, pero tan bien escrita que todavía la recuerdo. Y la tercera da un giro inesperado, el broche perfecto a una historia que se disfruta de principio a fin.
Cuando terminas, te queda una certeza: el debut literario de Beatriz Serrano no sólo está a la altura de las expectativas; las supera con creces. Es tan divertido, tan lúcido y tan honesto que no recomendarlo en esta reseña de El descontento sería casi un crimen.


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