Creo que tiene delito, pero también mucho mérito, haber vivido casi 32 años sin conocer en profundidad esta historia. En mi cabeza, había un monstruo (que no se llama Frankenstein) y un doctor; el resto, blanco absoluto. Cosas de la vida, olvidarme un libro en casa antes de un viaje de cuatro horas en tren me ha permitido poner remedio a esas lagunas. Te cuento mi opinión en esta reseña de Frankenstein o el moderno Prometeo.
La obra de Mary Shelley, imprescindible dentro del género gótico, es una historia de ciencia ficción que, como adelanta la contraportada de esta edición de Penguin Clásicos, habla del «poder de la imaginación, la arrogancia del progreso, los efectos de la crueldad humana el deseo de venganza y la necesidad de perdón». Por encima de todas esas cuestiones que podemos ver en infinitas novelas que han llegado después, se encuentra una que, para mí, otorga un gran atractivo a la novela: la importancia de conocer la otra cara de la moneda. Porque una historia siempre tiene dos versiones.
En ese sentido, el libro me ha recordado mucho a Hermano oso, una de mis películas de Disney favoritas. La asociación es clara (una vez más, en mi cabeza): un hombre comete un acto criminal y, antes que asumir las consecuencias y reconocer el error, culpa a otro ser —el monstruo, el maligno, el terrorífico— de todas sus desgracias. En ambos casos, es él, el hombre, el único responsable de todo cuanto ocurre a su alrededor. Es él y nadie más.
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Si no puedo inspirar amor, sembraré el terror.
¡Continúo con esta reseña de Frankenstein o el moderno Prometeo! Lo interesante de las dos historias, Frankenstein o el moderno Prometeo y Hermano oso —cuánto lloro cada vez que la veo—, es que ambas permiten conocer el otro punto de vista. En el libro, con un volumen dedicado única y exclusivamente a la creación de Víctor Frankenstein, descubrimos a un ser lleno de inocencia que, por observación, aprende a estar vivo y a dominar las habilidades propias del ser humano. En el camino, nos deja reflexiones filosóficas que hablan de la humanidad, de la bondad y de la empatía. Pero también de la traición, de la desesperación y de la maldad. Esa maldad no es innata en la figura del monstruo. Es heredada y adquirida por el desprecio al que se enfrenta por parte de quienes se consideran superiores.
Ante los hechos que ocurren, resulta inevitable ponerse en la piel del monstruo. ¿Cómo no hacerlo si es víctima de una existencia antinatural que no ha elegido, con una apariencia que no pertenece a este mundo? Es con él con quien conectamos como lectorxs y no con el doctor, que, repito, es el verdadero causante de todas las tragedias, pese a sus lamentaciones —a mí, personalmente, me han saturado un poco—.
Frankenstein o el moderno Prometeo no es ni será mi clásico favorito —ese puesto es para Cumbres borrascosas y, justo después, El gran Gatsby—, pero no me cuesta entender la importancia de éste en el curso de la Historia; sobre todo, si se tiene en cuenta el contexto de la época: una mujer escribiendo sobre los horrores más absolutos. A sus pies, Miss Shelley.


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