Yo me crié viendo telenovelas. En Canarias, con la diferencia horaria, no llegábamos a tiempo para ver Los Simpson, así que, en mi casa, la tradición era otra: después de comer, una telenovela. La que tocara. Yo me crié viendo telenovelas, sí. Y leer el libro de Emily Brontë ha sido volver, de alguna manera, a esos años. Te cuento más en esta reseña de Cumbres borrascosas.
Si algo no es Cumbres borrascosas, es una historia de amor; al menos, no en el sentido tradicional. Es una historia de rabia, de celos, de traición, de violencia. Mucha violencia, tanto física como verbal. El amor, si aparece, lo hace deformado, contaminado desde el origen. Todo el mundo hiere y todo el mundo acaba herido. No se salva nadie, ni siquiera quienes creen estar actuando con buenas intenciones.
Emily Brontë construye un mundo en el que el odio se aprende y se transmite. En Cumbres borrascosas se ejerce de forma directa, brutal; en la Granja de los Tordos, cuna de la elegancia, de la cultura, se canaliza a través de la palabra. Cambian las formas, pero no el fondo. El daño es constante y atraviesa generaciones, creando un bucle del que los personajes parecen incapaces de salir.
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Tras haber arrasado mi palacio, no me construyas una choza y admires complacida tu propia caridad por darme algo como hogar.
Y, sin embargo, la novela atrapa. Mucho. Tiene un mérito enorme que una historia llena de personajes tan detestables resulte tan adictiva. La narración avanza despacio, a base de escenas incómodas que se repiten, de reproches que vuelven una y otra vez, obligando a quien lee a parar, respirar y alejarse un poco. Pero no mucho. Porque unx quiere regresar a Cumbres borrascosas y a la Granja de los Tordos, quiere seguir acompañando a los personajes en su caída.
En este sentido, leerla en una edición anotada como la de Ediciones Akal añade una capa muy interesante, ayudando a contextualizar la obra y a entender mejor por qué este universo es tan difícil, tan rudo, sin perder fuerza narrativa.
Cuando la historia termina, la sensación es la de quedarse huérfanx. Cumbres borrascosas es, al final, la historia de una familia profundamente disfuncional, pero acaba siendo también una familia propia. Y, como ocurría con las grandes telenovelas, es imposible no coger cariño a unos personajes que lo dan todo en intensidad, exceso y drama, incluso cuando no hacen más que destruirse.


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