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Reseña El año del gorrino
204 páginas

Reseña El año del gorrino

El año del gorrino es un viaje que empieza con un melón en el maletero. ¿De quién? Alfredo, treinta y tres castañas. ¿He dicho ya crisis existencial? Sí, una como un piano. ¿De las de? Sí, de las de terremoto, maremoto, maremágnum, magnum almendrado. Pertenece a la generación que se va de sitios y consume todo con una preocupante inmediatez. ¿Es aquí lo de la modernidad líquida? Spoiler: no muere de inanición en un autobús de camino a Alaska ni encuentra el sentido de la vida en Ranakpur. ¿Iniciará por tanto un maravilloso camino hacia el autoconocimiento? ¿De qué huye? ¿Qué busca? ¿Cuáles son sus motivaciones más profundas? ¿Qué está sacrificando? Ah, sí, no lo menciona hasta el final del segundo capítulo, pero la idea inicial era —ahí es nada— encontrar su lugar en el mundo. Este relato puede contener trazas de expectativas, idealismo, aventura, cosmovisión, y apechusque. Puede que sea la voz de una generación. O al menos una voz. De una generación.

Y qué digo yo...

Tengo sentimientos encontrados con este libro, y eso es algo que debo reconocer en esta reseña de El año del gorrino. Su innovación en la estructura me parece interesante, pero al mismo tiempo siento que se abusa de ella y que, como consecuencia, el relato pierde parte de su fuerza.

La novela está dividida en dos partes muy claras: cara A y cara B.

La cara A me ha resultado especialmente atractiva. Seguimos las aventuras de Alfredo a través de un narrador omnisciente, y el planteamiento inicial ya despierta la curiosidad: el protagonista no permanece más de 30 días en un mismo lugar. Sus paseos —con accidentes incluidos— generan tensión e intriga, porque el libro juega constantemente con la incertidumbre y el misterio de esta vida nómada. Alfredo atraviesa una crisis vital, una que muchas personas jóvenes podemos reconocer en un mundo que parece ofrecer pocas opciones, pero cuya magnitud desconocemos. Ese vacío, precisamente, es lo que empuja a seguir leyendo.

Además, esta primera parte está llena de referencias culturales: series como True Detective, artistas como ROSALÍA o La Oreja de Van Gogh, y libros como El extranjero, de Albert Camus, o Los asquerosos, de Santiago Lorenzo —de hecho, en algunos momentos la novela me ha recordado bastante a este último—. Lo bueno es que estas referencias están bien dosificadas y aparecen en contextos justificados, ayudando a situar al lector en un tiempo y un espacio concretos.

 

¿Cuánto de lo que llamamos amistad es solo costumbre disfrazada?

 

En la cara B, sin embargo, la historia pierde fuerza. Mientras que en la primera parte las elipsis no afectaban demasiado a la comprensión, aquí la novela se convierte en una especie de conjunto de textos o relatos que, aunque conectados de alguna manera, resultan a ratos confusos e insuficientes. En algunos capítulos —como el de Nueva York— he llegado incluso a perder el interés.

Da la sensación de que el autor cambia por completo el rumbo de la historia, apostando por un estilo más caótico. Desaparecen muchas de las referencias culturales, desaparecen también los viajes por distintos destinos, y el relato se fragmenta. Es cierto que hay capítulos interesantes —como el de la rata verde frita o el misterio en Lisboa—, pero no terminan de encajar del todo con lo que se había construido en la primera parte.

Si valoro el libro en su conjunto —y esto es algo que intento explicar bien en esta reseña de El año del gorrino—, la conclusión es clara: la cara A es mucho más sólida, atractiva e interesante que la B. No entro a juzgar las decisiones del autor —¡el libro es suyo!—, pero sí me quedo con la duda de cómo habría sido la historia si hubiera seguido la estela de esa primera parte que, para mí, funcionaba tan bien.

Título: El año del gorrino. Autor: Alfredo Gómez Díaz-Miguel. Editorial: Domingos y Flores. Edición: 2025.

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