Todo cuanto ocurre en Los asquerosos es tan desmesurado que es imposible que algo no funcione. Santiago Lorenzo logra un asombroso ejercicio literario: transformar lo inverosímil en algo no sólo posible, sino plenamente creíble y realista.
La estructura del libro combina capítulos cortos con descripciones detalladas y profundas. Este estilo puede, en ocasiones, enredar al lector y resultar agotador, pero es precisamente esta forma de narrar la que permite captar el costumbrismo de la historia. El paso del tiempo se siente vivo, aunque en apariencia no pase nada, y esa lentitud se convierte en un elemento fundamental para adentrarnos en la cotidianidad de la vida rural.
Manuel, el protagonista, huye a un pequeño pueblo de la España profunda después de haber herido a un policía en un altercado. Su existencia, marcada por la calma y la sencillez, va contagiando poco a poco una sensación de tranquilidad, acostumbrándonos a un ritmo pausado que contrasta con la urgencia del mundo moderno.
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Un problema se da por arreglado cuando la situación se ha dejado mejor (no igual) que como estaba antes de que el problema se declarara.
Sin embargo, en el tramo final la novela da un giro radical. Deja atrás la introspección detallada para adoptar el tono y el pulso propios de una novela negra. La acción crece de manera vertiginosa hasta culminar en un desenlace que enternece el corazón y deja una huella imborrable.
Despedirse de Manuel y su tío, dos personajes que encarnan a la perfección el concepto de «química», es emotivo y necesario. A pesar de sus diferencias, su relación ofrece un equilibrio que sostiene toda la historia y que permite que funcione de manera impecable.
Los asquerosos es mucho más que una novela sobre la vida rural o una fuga personal. Es una crítica afilada y punzante sobre lo que falla en nuestra sociedad, sobre las grietas de un sistema agotado. Habla de la cultura del mínimo esfuerzo, de la identidad individual frente a la masa colectiva, del abuso del poder policial.
De los asquerosos.


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