De pequeño, jugaba con mi hermana y mis primxs a hacer tartas de chocolate. Para ello, sólo necesitábamos dos ingredientes: agua y tierra; con la tierra mojada, nos creíamos los mejores chefs. Nunca llegamos a probarlas, claro está. Porque ningunx de nosotrxs era la protagonista de esta historia. Te cuento más en esta reseña de Cometierra.
La idea de partida me gusta mucho: una chica que tiene visiones cuando come tierra y que, gracias a ese don, ayuda a encontrar personas desaparecidas, casi siempre mujeres. El tema me interesa y el planteamiento promete, pero la novela me ha dejado con la sensación de quedarse a medias. Se lee rápido, los capítulos son cortos y todo fluye, sí, pero esa ligereza hace que muchas cosas pasen sin terminar de calar. He echado en falta más profundidad, más tiempo para que lo que ocurre pese de verdad.
En algunos momentos me ha recordado a Carcoma, de Layla Martínez; sobre todo, en esa forma de hablar desde lo oscuro de la violencia que atraviesa a las mujeres y de cómo intentan sobrevivir en contextos hostiles. También en la idea de mujeres marcadas desde el principio, intentando hacerse un hueco como pueden. Dicho esto, Carcoma tampoco fue una lectura que me cautivara especialmente, así que, quizás, por ahí vienen algunas de mis sensaciones con Cometierra.
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El mundo debía ser más grande de lo que siempre había creído para que pudiera desaparecer tanta gente.
¡Continúo con la reseña de Cometierra! El personaje de Cometierra es, para mí, lo mejor del libro. Más allá de su don, se nota que es una chica criada en la miseria, en un entorno roto. El asesinato de su madre a manos de su padre, el abandono de su tía, la muerte de su profesora —esos sueños casi premonitorios me han parecido de lo más interesante—, la pérdida de amigxs… Todo eso deja marca. Se ven sus heridas, pero también su bondad.
Y me parece muy significativo que no tenga nombre; sólo un apodo. Para los demás, ella no es una persona: es su poder. Nadie va a verla por quién es, sino por lo que puede hacer. Por eso incluso quien un día la rechazó acaba volviendo, desesperada. En el fondo, ésta también es una historia sobre cómo te arrebatan la identidad.
Otro punto a favor: las escenas en las que Cometierra come tierra, valga la redundancia, me han gustado especialmente. Aunque el recurso se repite bastante, la autora consigue que sientas el olor, la textura, lo desagradable del gesto. Es incómodo, pero tiene sentido. Ahí está la esencia del libro: esa suciedad que todxs rechazan y, sin embargo, necesitan.


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