Leer una historia a ciegas, no entender bien qué está ocurriendo y, sin embargo, no poder apartar la vista es clara señal de que una novela va a dejar huella en ti. No sabes de qué tipo, exactamente, pero sí una que merece la pena. Te cuento por qué me ha ocurrido en esta reseña de Zorra.
El libro de Gabriela Jauregui comienza con un idilio: una pareja se instala en mitad de la naturaleza, alejada del estrés y ruido de la ciudad, para sanar: él, en lo físico; ella, en lo mental. Como persona lectora, eres consciente de que ambxs cuentan con mochilas cargadas, pero, con una cabaña, huertos y gallinas, entre otras bondades del campo, todo parece posible. Ellos, lxs protagonistas de esta historia, también lo piensan. Tú también llegas a creerlo.
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A veces ser núcleo de dos es aguantar el tedio en compañía.
¡Sigo con la reseña de Zorra! La apariencia perfecta se convierte, poco a poco, casi sin que te des cuenta, en un ambiente hostil y opresivo. Con un uso de la narración exquisito, la autora se las ingenia para llevarte de la paz que transmite el espacio rural a un entorno asfixiante, donde todo hace daño, donde todo molesta. De donde es imposible escapar, porque sus personajes están atrapados en una rutina (¡en una relación!) que detestan, aunque no sean capaces de reconocerlo, de reaccionar. Aunque fantaseen con con tragedias que pongan fin a la monotonía. Al sufrimiento.
La historia es, de base, atractiva, mucho, pero podría haber sido otra como tantas hemos leído: la de una pareja que ya no quiere serlo. ¿Qué ocurre para que, al acabar, unx sienta euforia por haberla descubierto? Que Gabriela Jauregui mezcla lo humano y lo animal, lo real y lo onírico, el deseo y el miedo. El resultado de esta combinación es un relato fascinante que, otra vez, sí, lees a ciegas, sin entender bien qué está ocurriendo y, sin embargo, sin poder apartar la vista. Clara señal de que una novela va a dejar huella en ti.
Voy a pensar mucho en ella.


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