¿Cómo escribir esta reseña de Yo que nunca supe de los hombres sin dejar atrás todo lo que me gustaría decir? ¿Cómo hablar de esta distopía que angustia y entristece? ¿Cómo definir esta historia sobre el ser humano que nos enfrenta a todo aquello que damos por sentado en nuestro día?
El libro de Jacqueline Harpman no es fácil de leer. La narración es lineal, lo que se cuenta es comprensible, no se utiliza un lenguaje excesivamente complejo. Sin embargo, cuenta con un mensaje que cala tan hondo que leer resulta, en más de una ocasión, una experiencia abrumadora, en la que unx acaba exhaustx.
En parte, esto también ocurre porque no hay una división por capítulos, sino que toda la historia se cuenta de seguido, sin pausas narrativas que permitan, por un lado, desconectar —aquí no es posible eso de «un capítulo más y a dormir»—; por otro, descansar —el relato es una sucesión ininterrumpida de hechos y pensamientos de la protagonista—. ¿Resulta un problema? Sólo para quienes se estresan si no hay capítulos; en mi caso, no supone ningún problema.
❝
Si todo lo que nos separa de los animales es poder esconderse para defecar, la condición humana no parece ser gran cosa.
¡Continúo con la reseña de Yo que nunca supe de los hombres! He hablado de una protagonista: la niña, la que no tiene nombre, la que es diferente. Una narradora que, ya en sus últimos días, comparte con quién sabe quién una historia de falsa libertad, porque las mujeres que aparecen en este libro no tienen vidas normales. Mucho menos ella, la niña, la que no tiene nombre, que no ha conocido el mundo real, que no sabe lo que es una televisión, una cama o una nevera. Es ahí, en esa ignorancia, donde reside parte del atractivo del libro, en poner el foco en todo aquello que tenemos en nuestras vidas y normalizamos, sin ser conscientes de que, fuera de esta ficción, hay quien vive de esta manera. No por decisión propia, no por voluntad.
El otro gran tema que toca el libro, cuya esencia resumen Jacqueline Harpman a la perfección en una frase muy directa («Sobrevivir solo es postergar el momento de morir»), es el sentido de la vida. ¿Por qué vivimos? ¿Qué sentido tiene el paso del tiempo si no hay una meta detrás? ¿Qué ocurre cuando no hay esperanza a la que aferrarse? ¿Es posible morir de pena, de una que se enquista, que se convierte en ponzoña (esta palabra la aprendí leyendo Crepúsculo)?
Este libro, con un final que arrancará una lágrima a las personas más sensibles, plantea muchas preguntas. Muchísimas. Si buscas respuestas, no las encontrarás con él. Sí una historia inolvidable.


0 comentarios