Unx se hace una idea de las personas. Las mira de lejos, escucha lo justo, completa los huecos con suposiciones, y las mete en un cajón. Buenas. Malas. Normales. Las que hacen lo que deben. Las que decepcionan. Así funciona el mundo: a base de etiquetas rápidas para no pensar demasiado. Pero, de repente, llega la vida —o, en este caso, el libro— y dice: «No no no». Porque no es tan sencillo. Porque no todo es blanco o negro. Porque el matiz, lo incómodo, lo que no encaja, también existe. Y muchas veces es lo más real.
Eso es Vivan los hombres cabales, un relato tan bien construido que, sin apenas darte cuenta, ya estás dentro. El autor, con una escritura certera y aguda, te lleva por un recorrido que parece lineal, pero no lo es. Es más bien un museo de los horrores cotidianos: de esos comportamientos que todos hemos presenciado y que, a veces, hemos callado. Empiezas con la intriga, queriendo entender qué pasa, quién es quién. Luego atraviesas el pasillo de la vergüenza ajena hecha persona, donde el personaje principal —patético, reconocible, humano— se despliega ante ti como un espejo deformado.
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Puede que cualquier lugar gris fuese susceptible de ser un hogar para él.
Cuando crees que ya lo has comprendido todo, cuando te crees listx para juzgar o compadecer, aparece la habitación de la compasión. Porque algo se mueve. Algo se rompe. Y te obliga a mirar con otros ojos. A replantearte si, realmente, entendiste lo que estabas leyendo. O lo que creías sentir.
Y, entonces, cuando ya estás instaladx en ese lugar incómodo donde nada es evidente, llega el golpe final. El giro que no viste venir. El horror absoluto. No uno ruidoso ni efectista, sino uno de esos que se queda en el cuerpo. Un mazazo silencioso que no se te va en horas.


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