La novela debut de Jaime Riba Arango es, sencillamente, una joya. De ésas que se leen con una media sonrisa, por el placer que da encontrar una voz nueva tan bien afinada. Una historia que viaja entre tiempos sin perderse, que enreda de forma sutil —como quien va tejiendo una red invisible— y que atrapa sin estridencias; sólo con encanto, con una calidez que se mete bajo la piel. Te cuento más en esta reseña de Urraca, Urraquita, Urraquitita.
Es un homenaje, sí, a los pueblos y sus costumbres, a los silencios largos y los días lentos, pero también —y sobre todo— a sus gentes. A esa humanidad imperfecta, llena de contradicciones, donde todos guardan algo bonito y algo oscuro. Donde la memoria se mezcla con la superstición, la realidad se tiñe de magia y lo cotidiano se vuelve extraordinario. Porque… ya se sabe: todo pasa y todo queda.
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Curioso eso a lo que llaman libertad: todos la quieren, pero cuando la ven en el alma ajena, hacen todo lo posible por extirparla.
El libro se permite jugar con distintos registros narrativos, cruzando estilos sin miedo, y eso le da una frescura interesante. El costumbrismo convive con un realismo mágico bien dosificado, y ese cruce no chirría en absoluto. Al contrario, funciona de maravilla. Porque, cuando una historia está bien contada, todo encaja. Y aquí todo encaja.
Hay libros que llegan sin hacer ruido, pero que se quedan contigo, como una canción que tarareas sin darte cuenta. Cuando los terminas, sientes una especie de emoción difícil de explicar, y sólo puedes pensar: «Pienso ser pesadísimo recomendándolos». Esta historia es una de ésas. Para prueba, esta reseña de Urraca, Urraquita, Urraquitita.
Una primera novela que no parece primera. Una promesa cumplida desde la primera página.


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