El planteamiento de Un mundo feliz es interesante por la sociedad que presenta, una en la que se suprime la humanidad, en un sentido amplio de la palabra, para alcanzar un estado de éxtasis permanente. Sin embargo, el desarrollo del libro es denso y, en ocasiones, cargante.
La introducción, que consta de unas 75 páginas, aproximadamente, resulta difícil de leer. Se entiende la intención de mostrar un escenario en el que cada detalle de la vida está controlado, pero la forma de hacerlo resulta atropellada. Aldous Huxley realiza una descripción completa de un mundo utópico —o distópico, según se mire—, pero está tan llena de tecnicismos que, en lugar de crear la atmósfera adecuada, como ocurre en libros como 1984 o El cuento de la criada, puede causar que la persona lectora desconecte e, incluso, llegue a perder el interés —a mí, al menos, me ha pasado—.
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¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti hay algo que solo espera que le des una oportunidad para salir al exterior?
Después de esta parte, el autor se olvida de esta detallada descripción y centra su discurso en los personajes, el otro «fallo» que veo al libro. Sus protagonistas, si es que llega a haberlos, son caprichosos, superficiales y detestables; sus historias, carentes de relevancia. Cuando aparece haber un atisbo de esperanza en dos de ellos, resultan ser ególatras o fanáticos, lo que provoca que el interés que queda después del comienzo del libro se reduzca bastante.
Un mundo feliz no es, ni mucho menos, un mal libro; de hecho, se considera un clásico. De él se pueden extraer reflexiones muy interesantes sobre la individualidad frente al colectivismo o sobre la felicidad como medio y no como fin. Sin embargo, al leerlo he sentido que estas reflexiones no son suficiente para cautivar durante sus 256 páginas.


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