El libro es una cosa tan loca —en el mejor y más necesario de los sentidos— que no sabría por dónde empezar. Pero, venga, lo intento en esta reseña de Taller de chapa y pintura.
Podría comenzar por el formato. Un planteamiento tan poco convencional como efectivo, que mezcla voces narrativas, interrumpe con declaraciones de tercerxs, incluye fragmentos de noticias que dan ganas de cerrar el libro sólo para salir a la calle y prenderle fuego a todos los pilares podridos del sistema. Hay algo casi performativo en cómo se cuenta: el texto no sólo narra; también irrita, provoca. Y lo hace sin perder la coherencia, sin dejar de estar al servicio de lo que importa: la historia.
Y vaya historia. Dura, visceral, necesaria. Una historia sobre el cuerpo, la violencia, la amistad. Una historia de rabia colectiva, de empatía entre mujeres, de esa sororidad que no se grita, pero se construye. Una historia que empieza con un accidente cotidiano (por desgracia) y que, desde ahí, no hace más que crecer: en tensión, en furia, en deseo de reparación. La persona lectora no tarda en contagiarse de todo eso. Quiere justicia. Quiere venganza. Quiere que ellas arrasen con todo y no dejen ni las migas.
❝
La violación es sistemática. Por eso nunca se arrepienten de violar. Se arrepienten de ser expuestos.
También podría hablar de cómo, detrás de toda esa rabia bien dirigida, hay ternura, dolor, humanidad.Cómo se filtra el cansancio de vivir en un mundo que sistemáticamente maltrata. Cómo hay pequeños momentos de luz, incluso cuando todo parece hecho de sombras. Cómo, en medio del caos, lo que queda es la posibilidad de acompañarse.
Y, sin embargo, cuando intento describir qué es el libro en esta reseña de Taller de chapa y pintura, me bloqueo. Supongo que lo más honesto es lo más simple: léelo.


0 comentarios