Soy fan es uno de esos libros que, desde la primera página, seduce con su estilo. La voz de la narradora es feroz, descarada, lúcida y profundamente consciente del poder del lenguaje. Los capítulos breves, como ráfagas de pensamiento o confesión, mantienen un ritmo adictivo. Cada frase está cargada de intención; no hay nada casual. Leerla es sentir que alguien te está mirando fijamente mientras te dice verdades incómodas sin parpadear.
En cuanto a forma, la novela es impecable: ágil, provocadora, moldeada con un lenguaje contemporáneo que se atreve a ser crudo sin perder inteligencia. Se percibe un pulso muy afinado para capturar cómo funciona la obsesión en la era de las redes sociales, cómo se construye el deseo a través de la vigilancia, el anhelo, el poder y la desigualdad. En este sentido, la narradora no quiere agradar, y ése es uno de sus grandes logros: incomoda, lleva al límite, fuerza a mirar.
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Podría ser felicidad o seguridad, pero ¿acaso no son lo mismo?
Sin embargo, cuando nos adentramos en el contenido, las cosas se tambalean un poco. La novela parte de un punto de partida potente: una joven racializada obsesionada con un hombre blanco poderoso y casado. A través de esta obsesión, se abren caminos interesantes hacia temas como el racismo internalizado, la apropiación cultural, la performatividad en redes, el deseo no correspondido como forma de sumisión y autoaniquilación. Todo ello suena —y es— fascinante. Pero, a medida que se avanza, el discurso comienza a repetirse. Las ideas se presentan con fuerza, sí, pero se martillean una y otra vez sin una evolución clara, sin un desarrollo real.
La narradora está atrapada, sí —y ése es el punto, en parte—, pero hay momentos en los que da la sensación de que también la autora lo está. Algunas subtramas parecen introducidas únicamente como refuerzo, sin aportar realmente nuevas capas o matices a lo que ya se ha dicho. Esa reiteración puede funcionar como retrato de la obsesión cíclica, pero también puede provocar una cierta fatiga narrativa. Y, para alguien que se acerca con altas expectativas, la falta de profundidad en algunas de las cuestiones planteadas puede generar decepción.
Esperaba más, sí, pero lo que he recibido tampoco es poco. Simplemente, es distinto. Quizá lo que ha fallado no es el libro, sino esa peligrosa costumbre de elevar las expectativas al lugar al que, a menudo, los libros —ni nadie— pueden llegar.


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