¡Anécdota antes de comenzar esta reseña de Solita! En la Feria del Libro de Madrid, me acerqué a la caseta de la Librería Derivas y, a la primera persona que vi, le pregunté por Solita. Una chica me miró con cara de desconcierto. «Perdona. Me refiero al libro Solita, de Alejandro Molina Bravo». El desconcierto siguió. Empecé a estar desconcertado yo también. Entonces me di cuenta. La chica era una autora en plena firma de su libro… que, por supuesto, no era Solita. Risas nerviosas, cierta incomodidad. Mi tendencia a hacer el ridículo de maneras inesperadas.
Pero hablemos del libro.
Se lee del tirón. No sólo por su corta extensión —no llega a las 100 páginas—, sino por la habilidad del autor para atrapar desde la primera página. «Por segunda vez en su vida, Solita Luminosa lloró con llanto sincero, y lo hizo por alguien a quien no quiso». Así comienza esta historia, con fuerza. Luego, el relato no hace más que mejorar.
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Como la muerte, fue muy breve pero duró la vida entera.
El autor escribe con una elegancia que evoca escenarios y recuerdos en la mente de quien lee. Imágenes que se dibujan con sencillez porque, a lo largo de la historia, se incide una y otra vez en los mismos temas, incluso aunque no lo parezca gracias a la forma en que se cuentan. De esta manera, el libro se divide en tres partes, en las que se habla de la pérdida, del llanto, de la pasión, de la memoria, de la herencia. También del cine, porque, si el séptimo arte hace acto de presencia en las dos primeras, en la tercera se le rinde homenaje, con una declaración de amor llena de referencias a películas —en las últimas páginas, se recogen todas— que hará las delicias de lxs amantes del cine.
Solita pertenece a esa colección de libros de apariencia sencilla que, al abrirlos, se transforman para dar a conocer una historia cargada de significado. La demostración de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Doy fe en esta reseña de Solita.
«Vivía para que la vieran sufrir y hacer un arte del sufrimiento».


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