Una reflexión antes de comenzar con esta reseña de Sobre mi hija… Imagino que una persona que se pregunta si es buena, en el fondo, guarda todavía una pequeña reserva de bondad. No la exime de culpa, no borra el daño causado, pero sí permite que, como lectorxs, nos acerquemos a ella sin caer del todo en el desprecio. Le damos, sin saber bien por qué, una oportunidad.
Eso es lo que ocurre con la protagonista de Sobre mi hija. Su pensamiento es retrógrado; su comportamiento, muchas veces cruel, y su forma de entender el mundo choca frontalmente con la de su hija, con la de su entorno, con la de cualquier persona que quiera vivir libre. Y, sin embargo, no se la odia. O no del todo. Hay algo en su fragilidad, en su confusión, en su violencia torpe, que despierta compasión. No porque lo merezca, sino porque sabemos que, en algún punto, ella también ha sido víctima de algo. Aunque eso no le sirva de excusa.
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Eligió el silencio, un arma que a veces es la más poderosa y aterradora.
¡Seguimos con la reseña de Sobre mi hija! Una novela breve, incómoda, directa. Un libro de denuncia que pone sobre la mesa la brecha generacional, los silencios impuestos y la vergüenza como herencia. Es una historia sobre los límites del amor —especialmente del amor materno— y sobre lo que ocurre cuando ese amor se convierte en control, en decepción, en castigo.
Kim Hye-Ji no necesita muchas páginas para asestar un golpe. Lo hace con una ira contenida que lo impregna todo: los gestos, los diálogos, los silencios. Y deja claro algo que, por evidente, no deja de doler: no todas las personas están hechas para entender a las demás. Algunas se quedan atrapadas en sí mismas, en sus miedos, en sus fracasos. Y ahí, justo ahí, empieza el daño.


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