Siete mentiras es el retrato de una amistad tóxica disfrazada de amor. Una relación construida a base de silencios, medias verdades y obsesión que, error tras error, cava su propia tumba. Todo ello se personifica en Jane, la protagonista, que se mueve constantemente entre dos extremos: puede ser alguien por quien sentir lástima… o alguien a quien temer. La elección depende, en gran parte, de quien lee.
El propio título da forma al libro:siete mentiras, siete capítulos, siete confesiones. Cada parte funciona casi como una mininovela dentro del conjunto, con una estructura que no sólo resulta atractiva, sino también efectiva. Al final de cada sección, la autora lanza una revelación lo suficientemente impactante como para obligarte a seguir. Pero, entre cada mentira, también se cuela algo más: reflexiones sutiles sobre la pérdida, ya sea de amor, de confianza, de identidad o de vida.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo Jane, en determinados momentos, rompe la cuarta pared. No lo hace al estilo irónico de Fleabag, pero sí con la intención clara de justificarse, de explicar por qué hizo lo que hizo. Y, sobre todo, de evitar que la juzgues, algo que, inevitablemente, ocurre. Porque, aunque no quiera, la persona lectora juzga. Y mucho.
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Y entonces sabía —como lo sé ahora— que el rechazo es como una ampolla debajo de la piel, una pequeña herida que puede crecer hasta convertirse en algo más importante.
La novela de Elizabeth Kay sabe jugar bien sus cartas. Tiene un ritmo ágil, una narración envolvente y un personaje principal que, aunque desconcertante, resulta hipnótico. Sin embargo, pese a que no hay grandes fallos formales —salvo algunas escenas que no aportan demasiado y podrían haberse pulido—, es una de esas historias que se disfrutan mientras se leen, pero que se desdibujan con facilidad si uno lee con frecuencia.
No deja mucha huella, pero es ideal si sólo quieres pasar un buen rato.


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