Mi amiga Cristina me escribió un jueves. Me preguntaba si recordaba el título de un libro que su amiga Candela estaba buscando. «Has dicho hace poco que te lo habías leído por FOMO. Una sola palabra. Portada azul». Yo no tenía ni idea de lo que hablaba. Minutos después, me escribió de nuevo: era Seismil, de Laura C. Vela.
Yo no sentía FOMO por el libro. En ese momento, empecé a hacerlo.
Comencé a leerlo sin saber muy bien de qué iba. Lo terminé en 24 horas. El primer día, avancé 47 páginas. Al siguiente, no pude parar. Y no por ansiedad o porque la historia exigiera una lectura compulsiva, sino porque había algo magnético en su manera de narrar: algo íntimo, fragmentado, profundamente honesto. Algo que me agarraba por dentro y no me soltaba.
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Siempre siento miedo de mi sombra a la luz de la luna. Y las imagino a ellas hundiéndose conmigo.
¿Y qué digo yo en esta reseña de Seismil? No es una novela al uso. Tampoco es un diario, ni un libro de memorias, aunque tiene algo de todo eso. Es un conjunto de fragmentos que se van ensamblando de manera natural, como si Laura —la autora, la protagonista, la voz— estuviera intentando recomponer su historia pieza a pieza, sin adornos, sin buscar una narrativa perfecta. Sólo verdad.
Correos electrónicos, conversaciones, escenas breves que se clavan, reflexiones que te detienen a mitad de página. Y una sensación constante de estar entrando en un terreno íntimo, delicado, donde se te permite mirar sólo si eres capaz de hacerlo con respeto.
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De la vida adulta espero llegar a sentir que soy suficiente.
Leer Seismil es acompañar a alguien en su dolor, sin prometer que vas a arreglar nada. Y aceptar que, a veces, lo único que podemos hacer es estar. Estar y escuchar. Escuchar de verdad. Y sentir rabia, preguntándonos con un nudo en la garganta: ¿por qué no sabemos hacerlo mejor? ¿Por qué fallamos siempre? ¿Por qué complicamos lo que debería ser simple: escuchar, creer, cuidar?
A lo largo del libro, me venía a la cabeza una canción que comparto en esta reseña de Seismil: La violencia, de Zahara. En especial, ese fragmento que dice: «No sé en qué piensan cuando me señalan. Cuentan mi vida y no sé de quién hablan. Qué poco espacio ocupo en mi historia. A veces parece la de otra persona».
No hay mejor descripción para lo que se siente al leer Seismil. Porque, en sus páginas, hay una lucha por recuperar el control de una historia que otrxs han intentado narrar en nombre propio. Una historia marcada por la violencia, por el silencio, por la sensación de no tener espacio.


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