Rojo, blanco y sangre azul peca de ser demasiado idílico. Pero, entre tanto caos, cinismo y oscuridad, ese idealismo se agradece. Por eso, cuesta —o directamente no se puede— ponerle ningún «pero». Lo que ofrece esta historia es una dosis de esperanza: la ilusión de que todo es posible, incluso lo que parecía reservado a los márgenes.
El libro hace un retrato honesto de la juventud: personas que intentan entenderse, crecer, amarse, encontrar su lugar en un mundo regido por responsabilidades adultas, protocolos y expectativas políticas, sociales y familiares. Pero también habla de la homosexualidad, la bisexualidad y la transexualidad desde un lugar poco frecuente: el de la normalidad. No son el motor único del conflicto, ni etiquetas problemáticas. Son características, no condenas. Parte de un todo. Y eso, sin subrayados ni dramatismos, es una declaración política por sí sola.
❝
Cuando era pequeño, soñaba que el amor era como un cuento de hadas, que un día llegaría a lomos de un dragón. Cuando se hizo un poco mayor, descubrió que el amor era una cosa rara que podría fracasar por mucho que uno luchase por conservarlo, que al fin y al cabo era una decisión. Jamás imaginó que resultaría haber acertado en los dos casos.
Sobre el estilo, Casey McQuiston sabe muy bien cómo mantener la atención y construir un universo emocional sólido: narración ágil, diálogos divertidos y vibrantes, personajes bien desarrollados, con voz propia y chispa. Los intercambios por mensajes o correos electrónicos —tan naturales como emotivos— aportan ritmo y profundidad, y dan respiro sin romper la tensión.
Porque, aunque esta historia tiene mucho de cuento de hadas moderno, hay un fondo de verdad y reivindicación que la atraviesa. McQuiston consigue que la persona lectora crea en ese amor —real, imperfecto, político, dulce y revolucionario— sin tener que recurrir al trauma, la tragedia o la persecución como ejes narrativos. Y eso es lo que convierte este libro en algo especial.
Rojo, blanco y sangre azul es, simplemente, un lugar feliz al que volver. Un refugio. Uno que me habría gustado tener a los 15 años, cuando todavía creía que ciertas historias no estaban pensadas para mí. Y que me ha encantado leer ahora, sabiendo que, al menos en la ficción, hay finales que terminan bien. Y que eso, en sí, también puede cambiar el mundo.


0 comentarios