Es curioso que, odiando las películas de terror, disfrute tanto leyendo libros de esta temática. Despiertan algo en mí que me gusta. Es un sentimiento que mezcla euforia con rechazo, adrenalina con disgusto. Supongo que es la sensación de control de cuanto ocurre, alejándome del trauma que vivo desde pequeño. Te cuento el resultado en esta reseña de Nuestra señora del dolor.
Cuando era pequeño, no recuerdo qué edad tenía, mi hermana y mis primos me obligaron a ver La señal. ¿El resultado? Tuve que dormir acompañado hasta los 12 años y hoy, con 31, todavía le tengo cierto miedo a la oscuridad. De las películas de terror ya he hablado: les tengo un pánico absoluto. Me dan miedo las películas de miedo. No las soporto. Fuera, lejos. Los libros son otra cosa.
En Nuestra señora del dolor, John Blackburn recupera una historia real, una leyenda, un mito, un hecho irrefutable, una invención (¡todo vale!) para contar su propio relato, en el que el protagonista une, poco a poco, las piezas de un puzzle con el objetivo de resolver un misterio. Lo interesante en ese aspecto es que, durante gran parte del relato, unx no sabe bien hacia dónde camina, porque todo parece inconexo. El autor, no obstante, escribe de una forma que, incluso alojadx en la ignorancia, unx quiere saber más y más.
El libro está lleno de oscuridad, de muertes, de escenas explícitas —una, en concreto, me ha puesto los pelos de punta— que me han fascinado. También lo han hecho —fascinarme, digo— las relaciones del protagonista, Harry Clay, con los personajes secundarios, como la excéntrica actriz, el duro jefe o el pedante experto, que hacen avanzar la trama al ofrecer información clave. —menos con Miriam Standford, cuyo papel en la historia queda desdibujado y, en algunos momentos, resta—. La excéntrica actriz, el duro jefe o el pedante experto; personajes que hacen avanzar la trama al ofrecer información clave.
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Si el alma pierde las ganas de luchar, el cuerpo se acaba rindiendo.
¡Sigo con la reseña de Nuestra señora del dolor! Y lo hago diciendo que a mí me ha faltado más terror. Si bien Blackburn ofrece buenas dosis en momentos concretos, muy bien elegidos, me he quedado con la sensación, sobre todo en el tramo final —a excepción de unas últimas páginas que no decepcionan—, de que la propuesta no llega a donde se podría creer. No por ello el libro pierde valor —es, en esencia, buen libro—, pero siento que llega un punto en el que el terror pierde protagonismo y, en su lugar, aparece el misterio propio de la novela negra o del thriller convencional.
Entonces, ¿recomiendo este libro? La respuesta corta: sí, sin duda. La respuesta larga: sí, siempre y cuando tengas en cuenta que los niveles de terror no son tan altos como podría esperarse. Yo puedo afirmar que he disfrutado, y mucho, la lectura del libro. Me quedo con las ganas de descubrir más publicaciones de Pánico Books.


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