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Reseña Mil cosas
152 páginas

Reseña Mil cosas

Un día en la vida de Travis y Anne no empieza y acaba para dar paso a una nueva jornada. No. Su existencia hiperactiva se levanta más bien sobre un día perpetuo, extenuante, que impide desconectar un segundo de la realidad. La velocidad endiablada de la gran ciudad, el ir y venir de un sitio a otro, las infinitas tareas que la pareja encadena sin descanso, los sobresaltos, la prisa, el estrés, la crianza de un hijo pequeño, la dispersión, lo que queda siempre por hacer, conforman un estilo de vida trepidante que el lector puede llegar a reconocer como propio.

En vísperas de comenzar sus vacaciones, bajo un calor insoportable, ambos tienen mil cosas en la cabeza que resolver, y todas ellas parecen urgentes. La vida contemporánea ya se caracteriza, sin embargo, por no saber precisar dónde reside de verdad la importancia, así que cada pequeña decisión, tarea, contratiempo, se afronta como un asunto de vida o muerte.

Travis trabaja en una revista y es día de cierre. Mientras le ronda la pavorosa idea de que van a despedirlo, no dejan de sucederse a su alrededor imprevistos de toda clase. Anne, por su parte, se siente harta del departamento de atención al cliente en el que está destinada, donde la relación con algunos de sus compañeros amenaza con hacer saltar la oficina por los aires. No va a ser fácil llegar al final del día.

Y qué digo yo...

En una de las muchas sesiones que tuve con mi psicóloga durante los cuatro años que me atendió, llegamos a la conclusión de que mi problema era, de alguna forma, la rutina. La falta de constancia, de ganas, de habilidades —qué sé yo— para gestionar el día a día. El acto más insignificante, como hacer la comida, meterme en la ducha o bajar la basura, se me hacía (y se me hace) cuesta arriba. De esa parte de la vida, no tan amable ni tan brillante, hablo en esta reseña de Mil cosas.

El nuevo libro de Juan Tallón —quien, hace años, me cautivó con Rewinddisecciona las vidas de dos personas atrapadas, valga la redundancia, en sus propias vidas. En sus obligaciones, en sus deseos, en sus necesidades, en sus miedos. Se llaman Travis y Anne, pero podrían llamarse de cualquier otra manera. Porque sus vidas, vistas con cierta distancia, son las de cualquier persona sometida a un sistema en el que la supervivencia apenas deja espacio para vivir.

La novela transcurre en apenas veinticuatro horas. Un sólo día basta para que Tallón condense una sucesión de actos, pensamientos y situaciones cotidianas que generan, sobre todo, agobio. En lo formal, la apuesta es fragmentada: capítulos breves —punto muy a favor— que se alternan entre ambos personajes, permitiendo acompañarlos en distintos momentos de su jornada.

Ese agobio se manifiesta, especialmente, en Travis. Subdirector de una revista, su día a día está marcado por estímulos constantes, peticiones, correos, mensajes, urgencias que no dan tregua. Todo reclama atención inmediata. A través de él, Tallón transmite muy bien la sensación de saturación permanente, de no llegar nunca, de estar siempre respondiendo a algo que llega demasiado rápido. En el caso de Anne, el ritmo es distinto. Más pausado, más silencioso. Y aquí es donde, personalmente, la novela me convence menos. Aunque cuenta con una trama propia, siento que su personaje queda algo descompensado dentro del conjunto, más cerca de lo secundario que de lo verdaderamente protagonista. No es que no tenga interés, pero sí me ha costado implicarme del mismo modo que con Travis.

 

Las cosas pequeñas no son nada, y de golpe se vuelven notables. 

 

¡Sigo con la reseña de Mil cosas! Uno de los aspectos que más me ha gustado del libro es el análisis del móvil como objeto. El móvil como herramienta imprescindible, pero también como fuente constante de estrés y alienación. Sobre todo a través de Travis (¡otra vez!), he sentido hastío, irritación, una necesidad casi física de alejarme del teléfono. De cogerlo y lanzarlo lejos para no saber nunca más nada de él. No lo haré, claro.

Mil cosas también plantea algo que me ha resultado especialmente incómodo: todo aquello que debería ser prioritario queda relegado a un segundo plano porque vivimos como si fuéramos eternxs. Como si la vida no tuviera un final. Y, sin embargo, llegará un día en que muramos y entonces todo eso que creíamos imprescindible no servirá de nada. Pensarlo así, de forma tan frontal, duele.

Si pienso la novela desde una estructura clásica de planteamiento, desarrollo y desenlace, creo que pierde algo de fuerza en el tramo intermedio. El inicio es frenético y muy eficaz a la hora de transmitir ese ritmo constante, esa sensación de vidas que no se detienen. El desarrollo, en cambio, se me ha hecho más anodino. Aunque Tallón se reserva el golpe final y lo cocina a fuego lento, ha habido momentos en los que las vidas de Travis y Anne no han conseguido mantener mi interés.

¿Y qué hay del final? Un final que me ha dejado una sensación horrible en el cuerpo. Entiendo perfectamente el punto, pero no puedo evitar tener sentimientos encontrados. Es un cierre potente, sin duda, pero me pregunto si era necesario. Quizás, no. O, quizás, sí, para recordar que estamos tan metidxs en la rutina que olvidamos lo verdaderamente importante. No lo sé bien. Supongo que, en algún momento, llegaré a una conclusión. Hoy no.

Título: Mil cosas. Autor: Juan Tallón. Editorial: Editorial Anagrama. Edición: 2025.

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1 Comentario

  1. Andrea

    A mí este libro me ha dejado muy mal cuerpo.
    Leí que el final era duro, quizás por eso me lo he leído con estrés: el propio de la novela y el mío de saber cómo terminaba. He estado todo el tiempo nerviosa, avanzando en la vida de los dos personajes sufriendo por ellos, sobre todo por Travis y finalmente me he quedado KO.

    Rewind me pareció sublime pero Mil cosas no me ha gustado, le falta un nosequé.

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