Un libro sobre videojuegos, sí, pero también sobre todo lo demás. Sobre el amor —y cómo, a veces, no basta con quererse—. Sobre la amistad, con sus códigos, sus silencios, sus rupturas y reconciliaciones. Sobre el racismo, la homofobia, la violencia que atraviesa los cuerpos. Sobre la pérdida, esa que te arranca algo y nunca lo devuelve igual.
La historia de Sam y Sadie, con su vínculo complejo, tierno y doloroso, se construye desde el inicio como un tira y afloja constante. A ratos se acercan, a ratos se alejan, pero siempre hay algo entre ellos que permanece. Y esa dinámica, tan difícil de encasillar, es una de las cosas que más me ha gustado: porque refleja la vida misma, sin endulzarla, sin simplificarla. A medida que el relato avanza, unx nota que el libro deja huella, que algo se remueve. Porque lo que se cuenta ahí no queda lejos: son situaciones que vivimos todxs, o casi.
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El aburrimiento del que hablas es lo que la mayoría llamamos «felicidad».
Si tuviera que ponerle un «pero», sería en lo relativo a la traducción —al menos, en la versión digital—. Hay expresiones que suenan fuera de lugar, poco naturales en el contexto en el que se desarrolla la historia, y frases que resultan demasiado simplonas, que no están a la altura del tono general del libro. No arruina la experiencia, pero sí la entorpece en momentos clave.
Aun así, es una lectura que recomendaría sin dudar. Porque emociona, hace pensar y, aunque suene paradójico, reconcilia con esa complejidad que a veces nos duele, pero también nos salva.


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