En Los testamentos, Margaret Atwood regresa a Gilead para contarnos una historia sobre lo que fue, pero, sobre todo, lo que podría haber sido y no fue. O, por qué no, sobre lo que tendría que haber sido y, finalmente, fue.
En esta entrega, la autora nos ofrece tres puntos de vista totalmente diferentesy, sin embargo, comunes; los de tres mujeres que, a su manera, viven una historia de sumisión y liberación: la que conoció la vida antes de Gilead, la que nació en Gilead y la que vivió después de Gilead.
Con estas tres protagonistas, Los testamentos narra de manera extraordinaria los comienzos y últimos años del régimen teocrático que se conocieron en El cuento de la criada. En este sentido, es un acierto que se recuerden hechos pasados a la vez que se ofrece nueva información sobre los mismos. Se hace en su justa medida, lo que ayuda a situar a la persona lectora que haya podido olvidar ciertos acontecimientos sin resultar repetitivo.
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No crees que el cielo está derribándose hasta que te cae un pedazo encima.
Este libro cautiva, en un giro inesperado de los acontecimientos, gracias al personaje de Tía Lydia. A través de sus confesiones y movimientos de hilos en las sombras, ésta construye por sí misma una historia de redención, que no de perdón. En Los testamentos, frente a la mujer despiadada que se retrata en El cuento de la criada, se alza una mujer que, ante la muerte, eligió la vida y la traición. Y, a su manera, pagó las consecuencias.
En el otro extremo, se encuentra Daisy, el eslabón que debilita el relato en determinadas ocasiones. Sus motivaciones no quedan claras y actúa constantemente sin coherencia, lo que ha llegado a ponerme, literalmente, de mal humor. Un personaje necesario para construir el libro y, sin embargo, prescindible.
Como secuela, Los testamentos es un acierto. En el mismo universo, ofrece una nueva visión que logra que el autor no eche de menos la historia original, con June/Defred al frente. Lo consigue porque, como su predecesora, habla sobre el poder, la traición o las apariencias; esta vez, de forma más cruda, rítmica y directa. Porque no importa tanto el «quién», sino el «qué» y «cómo».


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