Mi primer acercamiento a la historia fue a través de la película de Oriol Paulo protagonizada por Bárbara Lennie. Años después, todavía escucho sin parar Summer Wine, de Nancy Sinatra y Lee Hazlewood. La canción me lleva a la escena en la que suena, grabada a fuego en mi mente. Por lo adictivo de la canción, por lo magnético del momento, por la fuerza de Lennie al ritmo de la melodía.
Pero hablemos del libro en esta reseña de Los renglones torcidos de Dios. El libro, otra delicia.
Qué bien escrito está. Publicado en 1979, la forma de narrar de Torcuato Luca de Tena puede resultar un tanto confusa en un primer acercamiento, especialmente en esos momentos en los que el libro navega entre los formalismos y lenguaje médico que requiere el entorno y contexto en que se desarrolla la historia. Sin embargo, una vez que unx se acostumbra al tono propio de la época, todo comienza a fluir, dando paso a un relato que se vuelve cada vez más adictivo.
Para entender esta «adicción», es necesario hablar de las personas que habitan este libro. En el centro de todas, está Alice Gould, la protagonista, uno de mis personajes favoritos de todos los libros que he leído. Si esto ocurre, es por la manera en que se presenta ante el mundo: inteligente, sarcástica y segura, pero también oscura y misteriosa. Una dualidad presente en todo momento; no sólo en ella, sino en quienes la acompañan
Porque el libro gira en torno a Alice, pero su camino no sería el mismo si no fuese por los personajes secundarios. El autor hace una clara distinción entre pacientes y profesionales, personas enfermas y personas cuerdas, pero no se queda ahí. Estos dos grupos tan bien definidos se dividen, a su vez, entre el Bien y el Mal, quienes luchan junto a Alice y quienes se oponen a ella. Cada persona, con sus luces y sus sombras, desempeña un papel fundamental en este juego de sombras.
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Porque nadie añora lo que nunca tuvo, ni puede sentirse defraudado por carecer de lo que no conoce.
Los renglones torcidos de Dios se mueve entre la cordura y la locura, pero, si hay un motor que hace rodar la maquinaria de esta historia, es la duda. Éste es el gran acierto del libro: la capacidad para despistar, para hacer tambalear los cimientos de nuestras creencias, de nuestra confianza, de nuestra fe. Porque, cuando unx se pierde entre las páginas, cree, confía y tiene fe en que Alice Gould es víctima y no verdugo. Pero, a medida que todo se enreda y desenreda, comienza a preguntarse qué ocurre si no es así. ¿Y si la protagonista es quien mueve los hilos desde su enfermedad? ¿Y si ni siquiera es ella? ¿Qué ocurre si el autor, en esta historia de apariencias, cumple su cometido, arrastrando a quien lee a sus engaños?
Ésa es la duda que deja el libro, incluso cuando llega a su fin. Es entonces que unx se da cuenta de que el relato que ha leído es más grande de lo que ha parecido durante el proceso. Porque deja preguntas sin respuestas. Porque no le importa salirse del camino, dejar la responsabilidad en quien lee, decidir cuál es la verdad.
Hay quienes dicen que Los renglones torcidos de Dios es un clásico. Hay quienes defienden que está sobrevalorado. Yo digo, en esta reseña de Los renglones torcidos de Dios, que es uno de mis libros favoritos de la vida.


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