Esta reseña de Los nombres propios comienza así: es la historia de cuatro momentos de importancia en la vida de la protagonista, Marta. Una ficción autobiográfica que nos permite conocer a una persona a la que asaltan constantemente las dudas, los miedos, las inseguridades. Pero también la certeza, la valentía, la seguridad. Porque en Marta habitan muchas versiones. Marta es la suma de todas sus partes.
En el primer capítulo, Belaundia Fu, descubrimos a una niña de siete años que trata de comprender el mundo que la rodea; que debe aprender a gestionar la frustración y la rabia, que observa, aunque no entienda. Charlie, el segundo capítulo, nos hace acompañar a una adolescente que se enamora por primera vez, con todo lo que supone. En el tercero, Anuncio, nos convertimos en espectadorxs de la pérdida y del dolor (mucho dolor). En el último, Marta, encontramos, de alguna manera, respuesta a lo que anuncia la sinopsis: ¿quién es Marta?
Estos cuatro momentos se escriben desde lo cotidiano, porque Marta Jiménez Serrano habla de la vida. Y bien sabemos que ésta no siempre es una sucesión de hechos épicos. La vida, en muchas ocasiones, es atarse los cordones del zapato. En esa escena mundana, llena de detalles aparentemente nimios, es donde este libro destaca. Y, si lo hace, es porque la autora es capaz de convertir lo ordinario en algo brillante.
Lo consigue, en parte, gracias una narración pausada. Pese a utilizar frases cortas que, en otro contexto, podrían acelerar el ritmo, se las ingenia para que la historia adquiera un carácter calmado, tranquilo. Por eso, Los nombres propios, como No todo el mundo (de la misma autora), no es un libro que deba devorarse. Se lee con calma, a ratos, colándonos en la vida de la protagonista como voyeurs sedientos de vidas ajenas.
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El amor. Estar en un mismo espacio haciendo cosas distintas.
¡Seguimos con esta reseña de Los nombres propios! La vida de esta historia, la de Marta, se muestra en fragmentos. Porque los cuatro capítulos se conforman, a su vez, de pequeñas escenas que saltan en el tiempo, mostrando lo importante. Y es en esas escenas, y no en otras que no llegamos a ver, donde entendemos quién es Marta, porque hay aspectos que no cambian con el paso de los años. Porque crecer es cambiar, a veces evolucionar, pero hay algo innato, algo inherente a unx, que se mantiene intacto. Y eso se refleja en la manera en que la protagonista se desenvuelve y se relaciona, con el espacio, con su familia, con sus amistades, consigo misma.
En esa forma de ser, de estar, me he visto reflejado. No son pocas las frases que he guardado (¡con fotos, no subrayadas!) en una demostración de que me he sentido identificado con las distintas versiones de Marta. Porque yo también fui a Oporto con fiebre; me enamoré y me rompieron el corazón; me vestí de inseguridades; tuve que aprender a gestionar la frustración y la rabia (todavía me cuesta); no supe ver las señales; me llené de miedo; intenté boicotear mi felicidad (aún lo hago). Con tanta conexión, casi resulta simbólico que, en el tramo final, aparezca un personaje llamado Gabriel. Mi nombre propio.


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