Leche condensada es un retrato crudo y descarnado del tránsito entre la infancia y la adolescencia. No es una historia amable ni nostálgica, sino una exposición honesta y dolorosa de ese momento en que la inocencia se quiebra y se revela, sin filtros, la dureza de crecer. Es la constatación de que la vida rara vez se parece a lo que soñamos cuando somos niñxs, y que el mundo adulto llega con heridas que nadie nos enseña a curar.
Aida González Rossi —a quien descubro gracias a Sabina Urraca, su editora— entrega un texto breve pero demoledor. Un libro incómodo, áspero, lleno de momentos que dejan una sensación amarga. Hay escenas que incomodan, que duelen, que resultan difíciles de leer, incluso cuando están narradas con un tono aparentemente despreocupado o con referencias pop que evocan una falsa ligereza: Pokémon, Kingdom Hearts, Messenger, Chatroulette, Lizzie McGuire, Barbie: la princesa y la costurera… Todo ese imaginario de infancia y adolescencia se mezcla con lo que no debería haber estado nunca ahí: el abuso, la soledad, el desconcierto emocional, el miedo.
Y, sin embargo, esa contradicción entre forma y fondo es lo que hace que el libro funcione tan bien. Porque González Rossi no busca adornar ni justificar nada. Relata con una claridad desarmante, con una sinceridad que abruma. Su escritura se atreve a mirar de frente esas zonas oscuras que suelen esquivarse, y lo hace sin necesidad de grandes artificios, sin sentimentalismos, con una honestidad brutal.
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El llanto es una cosa enrevesada, piensa. Muestra a cada uno tal y como es, arrancándole las decoraciones.
Éste no es sólo el retrato de una protagonista, sino de toda una generación que creció con acceso a Internet y cultura pop, pero sin herramientas emocionales para sobrevivir al abandono, a la violencia estructural o a la ausencia de referentes seguros. Es el reflejo de una infancia que no fue feliz, de una adolescencia que no fue luminosa, de una adultez que intenta entender cómo se llegó hasta aquí.
Leche condensada es un libro que exige valentía, tanto para escribirlo como para leerlo. Porque mirar al pasado no siempre consuela. No todo tiempo pasado fue mejor. Y enfrentarse a eso, aunque duela, es un acto de lucidez necesario.


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