En Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez reúne doce relatos que redefinen el género del terror desde una perspectiva profundamente social y política. No se trata de fantasmas ni de casas encantadas —al menos, no en el sentido clásico—, sino de los horrores cotidianos a los que preferimos no mirar de frente: la violencia de género, el abuso policial, la pobreza extrema, la estigmatización de la salud mental. Lo más perturbador del libro no es lo sobrenatural, sino lo real.
Cada cuento es un viaje a lo oscuro, a lo incómodo, a eso que suele quedar fuera de plano. Enríquez no necesita recurrir a artificios para generar miedo; le basta con retratar una sociedad enferma, rota, donde lo monstruoso no es una criatura inventada, sino un sistema que perpetúa el dolor. En más de una ocasión, he sentido un miedo genuino. No por lo que pudiera aparecer en la página siguiente, sino por lo que ya existe.
La escritura de Mariana Enríquez es magnética. Tiene una voz que arrastra, que inquieta, que no da tregua. Su forma de narrar es cruda, pero también lírica; logra mantener el equilibrio entre la brutalidad de los hechos y una sensibilidad muy particular para retratar lo íntimo, lo emocional, lo humano. Cada historia deja una huella, una sensación difícil de nombrar: una mezcla de rabia, desasosiego, incomodidad… y fascinación.
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Él no quería matarme; nada más quería tratarme mal y quebrarme para que odiara mi vida y no me quedaran ni ganas de cambiarla.
Si tuviera que destacar tres de los relatos, elegiría, sin dudarlo, Las cosas que perdimos en el fuego, que da nombre al libro y condensa su espíritu con una potencia arrolladora; La casa de Adela, que mezcla adolescencia, deseo y desaparición en un relato difícil de olvidar, y El patio del vecino, donde lo siniestro se esconde en lo cotidiano, en la figura aparentemente inofensiva de alguien que vive justo al lado.
Las cosas que perdimos en el fuego es más que un libro de cuentos. Es una denuncia envuelta en literatura, una experiencia que zarandea, que remueve, que te deja pensando. Mariana Enríquez logra algo excepcional: usar el terror no para evadirnos del mundo, sino para enfrentarnos a él.


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