Cuando leí la premisa de este libro, me llamó especialmente la atención la idea de convertir algo tan cotidiano como una casa en el punto de partida de una serie de historias. Porque una casa no son solo paredes: también puede ser un lugar lleno de recuerdos, secretos y todo aquello que acumulamos con el paso del tiempo. En esta reseña de Las casas que arden, te cuento qué me ha parecido.
El libro está formado por siete relatos en los que las casas funcionan como escenario de historias protagonizadas por personas que intentan dar sentido a aquello que ocurre a su alrededor. En algunos casos son sus propios hogares; en otros, casas ajenas que se convierten en el espacio donde se desarrollan conflictos, recuerdos o situaciones inesperadas. A través de ellas, los protagonistas buscan ordenar su vida, comprender a quienes las rodean o enfrentarse a aquello que no pueden explicar.
El planteamiento de todos los relatos me ha resultado interesante, especialmente aquellos que juegan de una forma más evidente con lo sobrenatural. Hay ideas con mucho potencial y situaciones que consiguen despertar curiosidad desde el principio. Sin embargo, mi principal problema con el libro ha sido que, en la mayoría de los casos, he sentido que esos planteamientos no terminaban de desarrollarse como me habría gustado.
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Es curioso lo que ocurre cuando las palabras más inofensivas se impregnan de una cierta sensación de amenaza, llegan a lugares a donde las más agresivas ni se atreverían.
¡Sigo con la reseña de Las casas que arden! En algunos relatos, como el protagonizado por las limpiadoras, he echado en falta una mayor profundidad para conocer a la protagonista y comprender mejor el conflicto que plantea. En otros, como el de la hija que convive con una madre con demencia, el desenlace me ha resultado demasiado abrupto y me ha llevado por caminos que no han terminado de convencerme.
Además, la edición tampoco me ha ayudado a disfrutar de la lectura. He encontrado numerosos errores, desde puntos que faltan hasta faltas en expresiones («cuanto menos» en lugar de «cuando menos»), pasando por oraciones que, literalmente, se quedan a medias. Son detalles que dificultan la inmersión y que llaman especialmente la atención en una edición publicada.
A pesar de su corta extensión (205 páginas), Las casas que arden se me ha hecho una lectura algo densa. Me quedo con la sensación de haber encontrado buenas ideas y unos planteamientos interesantes, pero con relatos que no han conseguido llevar esas ideas hasta el lugar al que parecían dirigirse. Por eso, aunque entiendo lo que busca transmitir, creo que no ha sido una lectura para mí.


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