Un relato íntimo y delicado que habla del amor en su forma más silenciosa: ese que no se expresa con palabras grandilocuentes, sino con gestos cotidianos, casi invisibles. Un tazón de sopa caliente, una manta bien colocada, un paseo sin preguntas incómodas. Detalles mínimos que, en realidad, lo dicen todo.
Pero este libro también trata de los miedos que no se nombran y de los problemas que no se enfrentan, esos que, cuando se ignoran, acaban moldeando nuestras vidas a su antojo. Nos habla de lo difícil que es querer cuando el dolor y la incomprensión lo tiñen todo de gris. Y de cómo, a veces, seguimos esperando que alguien nos cuide, incluso cuando ya somos adultxs.
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Las respuestas se pueden guardar dentro y no usar nunca, pero las preguntas son muy difíciles de guardar.
El protagonista —a quien, pese a su edad adulta en buena parte de la narración, no he podido dejar de ver como un niño desorientado— nos guía por una historia que mezcla lo real con lo casi fantástico. Y lo hace con una ternura que desarma. La relación que describe con su padre y con su abuela tiene algo de secreto, de íntimo, como si fuese un lazo sólo suyo, pero tan universal a la vez que unx no puede evitar quererlxs, incluso con sus contradicciones, incluso con sus silencios.
Es uno de esos libros que se leen sin ser del todo conscientes de lo mucho que están calando. Que parecen sencillos, pero dejan poso. Que, cuando se terminan, dejan una sensación de pérdida. Porque sí: ojalá poder leerlo otra vez por primera vez. Ojalá volver a ese lugar donde el amor se esconde en los pliegues de lo cotidiano y las emociones más profundas caben en los gestos más pequeños.


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