A riesgo de que me tilden de hereje literario, debo admitir, en esta reseña de La señora Dalloway, una cuestión. El libro ha sido para mí una lectura tremendamente cuesta arriba. Reconozco el genio de Virginia Woolf y su innovador estilo, pero la experiencia no ha sido del todo placentera ni sencilla.
Lo que sí me ha fascinado es cómo Woolf despliega su técnica de monólogo interior para navegar entre las mentes de sus personajes, usando esos fugaces encuentros y solapamientos para cambiar de perspectiva con una naturalidad casi hipnótica. Es como si la persona lectora asistiera a un concierto polifónico de voces interiores, donde cada pensamiento, cada recuerdo y cada anhelo emergen sin filtro, exponiendo las esperanzas, las frustraciones y los miedos más profundos de cada unx.
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El amor también destruía. Todo lo bello, todo lo verdadero desaparecía.
Sin embargo, aquí radica también el desafío. El texto carece de capítulos claros; es un flujo continuo y casi implacable de pensamientos y sensaciones, un torrente que no cesa, que apenas da respiro. Para alguien como yo, que se siente abrumado fácilmente por la multiplicidad de voces y estímulos simultáneos, la lectura se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Ese bombardeo constante de percepciones me ha llevado a veces a perderme, a sentir agobio y cansancio.
Quizá este libro no sea para todo el mundo, y, definitivamente, no ha sido una lectura cómoda para mí, como se intuye en esta reseña de La señora Dalloway. Sin embargo, entiendo por qué sigue siendo una obra imprescindible en la literatura moderna. Es un espejo que refleja no sólo la mente humana en toda su complejidad, sino también la fragilidad y la belleza de lo cotidiano.


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