La primera vez que intenté leer La mala costumbre tuve que parar. Estaba triste ese día y sabía que este libro me iba a dejar peor, así que pensé: «Mejor no forzar. Ya habrá tiempo». Pasó el tiempo, más del que me gustaría admitir, esperando a tener otros ánimos para enfrentarme a él.
La segunda vez que lo intenté, seguía triste, pero me pareció una falta de respeto dejarlo otra vez aparcado. Así que, resignado y con la tristeza acompañándome (una época rara), me lancé a leerlo. El libro me duró poco; la tristeza tardó bastante más en irse.
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Antes de definirte tú misma, los demás te dibujaban los contornos con sus prejuicios y sus violencias.
La mala costumbre es una historia trans que no se anda con medias tintas. Es un golpe directo, sin anestesia, sobre la gente que no encaja, la que recibe desprecio, la que ve las oportunidades cerrarse una y otra vez. Pero, ojo, que no es sólo un drama triste sin esperanza: también es un canto a la búsqueda, al descubrimiento, a la vida que se abre paso aunque todo parezca decir que no.
Habla de ser. Y no de sobrevivir a los obstáculos del mundo, sino de vivir —de verdad— sin pedir permiso, sin disculparse, y en voz bien alta, a plena luz del día. Porque, al final, la verdadera valentía no está en aguantar lo que venga, sino en plantarte y decir: «Aquí estoy, te guste o no».


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