La lengua entre los dientes es ese tipo de libro que te lleva de la risa al llanto en cuestión de segundos, sin pedir permiso. Es ese salto emocional que no esperas pero que, cuando llega, te atrapa sin remedio. Es también ese deseo loco de ser amigx del autor, de sentarte a su lado y que te cuente una y otra vez esas anécdotas disparatadas y profundas que no cansan nunca.
Es creer que la gente guapa se vuelve aún más guapa cuando llora, porque hay una vulnerabilidad que embellece. Es sentir una mezcla extraña de pena, excitación, vergüenza ajena y un montón de emociones que ni siquiera sabes nombrar, pero que se te acumulan todas al mismo tiempo y en todos los rincones.
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La rabia es un sentimiento interesante, hasta cierto punto parasitario: impregna todo lo demás hasta conseguir que parezca que no existió nada más que ella.
Pensaba en Being John Malkovich, esa película donde una puerta diminuta te da acceso para meterte dentro de la cabeza de John Malkovich y ver el mundo con sus ojos. Pues bien: yo firmaría por tener una puerta así para entrar en la cabeza de Guillermo Alonso, para entender qué pasa ahí dentro y cómo demonios funciona esa mente tan única.
Daría todo mi dinero por eso. Que no es mucho, pero, bueno, ya hablaremos de eso otro día. O tal vez no. Quién sabe.


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