La novela debut de Rodrigo Gervasi llamó mi atención entre las novedades de Sexto Piso. Un libro corto con una sinopsis interesante y una portada en la que, de alguna manera, me sentí reflejado. Tenía tantas ganas de leerla que, una vez más, las expectativas han podido conmigo. Te lo cuento todo en esta reseña de La grieta.
Si hay una característica que juega a favor de este libro, es su extensión. En tan sólo 120 páginas, el autor consigue construir una historia cargada de fuerza y mensajes clave a través de un protagonista, Hugo, que actúa como altavoz de la soledad y, en parte, de la depresión. Es fácil sentirse identificadx —a mí me ha ocurrido— con muchos de los pensamientos y sentimientos que experimenta. La sensación de que la vida avanza mientras nos quedamos atrás. La sensación de que el tiempo se escapa de nuestras manos sin que tengamos la mínima intención de hacer nada para evitarlo. Con Hugo, Rodrigo Gervasi da forma a situaciones de la vida cotidiana que, de forma intencionada o no, duelen.
A la soledad, tan bien retratada en La grieta, la acompaña un retrato fiel y realista de la situación de la vivienda y de la precariedad laboral de una generación que creía que podría tenerlo todo y lo único que encontró fue desesperación. Estas cuestiones están presentes a lo largo de toda la novela —a veces, de forma sutil; otras, no tanto— mediante un sencillo juego de rotación de compañerxs de piso. Cualquiera que haya compartido vivienda alguna vez, especialmente durante la etapa universitaria o los primeros años del mundo laboral, sabrá que buena parte de lo que cuenta el autor es tan triste como cierto.
En ese ir y venir de compañerxs, junto a Hugo se mantiene Lucas, un personaje que representa una forma de amor noble, inocente y fiel. Las escenas compartidas entre ambos son, probablemente, lo que más me ha gustado del libro. Porque reflejan una relación construida desde el entendimiento y la aceptación. Desde la ausencia de juicio, de crítica y de presión. Una forma de amor que, irónicamente (¡o no!), se aleja del romanticismo y de la idealización para resultar mucho más auténtica.
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Si hay días que se me hacen eternos, ¿por qué siento que se escurren de mis manos?
Continúo con esta reseña de La grieta, un libro que podría haber sido perfecto de no ser por dos elementos que, al menos para mí, pesan. El primero, y menos importante, tiene que ver con la construcción de los diálogos. En alguna que otra ocasión los he sentido irreales y exagerados, especialmente en boca de Hugo. Mientras que su voz interior es melancólica, nostálgica y, a veces, descorazonadora, las palabras que comparte con otras personas están llenas de júbilo, bromas y cierta despreocupación. Ambas facetas pueden convivir perfectamente en una misma persona, por supuesto. Pero, en esta historia, la convivencia entre ambas no ha terminado de convencerme.
El problema principal, no obstante, no es ese, sino el tramo final del libro. Un giro que da la vuelta a todo lo que hemos leído hasta entonces y que plantea una cuestión muy interesante, sí, pero que no termina de encajar con el resto de la novela. Porque, aunque el autor deja entrever en todo momento que algo ha ocurrido en el presente —la historia navega entre dos líneas temporales—, el conflicto que acaba ocupando el centro del relato me ha resultado descontextualizado. La novela avanza con paso firme por un camino hasta que, de repente, decide recorrer otro completamente distinto. Y es ahí donde me he preguntado si era necesario. Si, quizás, no era más interesante seguir profundizando en la soledad, la depresión, la crisis de la vivienda o la precariedad laboral en lugar de virar hacia un tema que, en mi caso, he sentido impostado.
¿Es La grieta una novela debut a la altura? Sí. ¿La he disfrutado? Por supuesto. ¿La recomendaría, pese a mis críticas? Sin duda.


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