El prefacio nos presenta a una mujer que encuentra en las cartas la mejor forma de expresarse. Llena de paciencia, como ella misma cuenta en la historia, dice exactamente lo que quiere, tratando de encontrar siempre la palabra justa. Yo, inspirado tras leer el que será, sin duda, uno de mis libros favoritos del 2026, busco la manera de hacerle justicia en esta reseña de La corresponsal.
La gran bondad del debut literario de Virginia Evans es su formato: una novela epistolar que, mediante cartas y correos electrónicos —no es azaroso; hay una clara intención en el uso de cada canal—, atrapa sin remedio a quien se pierde en ellas. Toda la correspondencia, que se sucede a lo largo de muchos años, hace avanzar la historia casi sin que te des cuenta, y, pese a lo fragmentado del texto, el estricto orden cronológico con que está escrito —salvo pequeñas excepciones— permite descubrir la vida completa de la protagonista.
Su nombre es Sybil. Carismática, inteligente, entrañable y experta en describir todo cuanto sucede alrededor y, en mayor o menor medida, en su cuerpo y en su cabeza. Porque Sybil, que ya en la vejez continúa aprendiendo, es una gran observadora. Su forma de ver el mundo se refleja en cada envío, con luces, pero, sobre todo, con sombras. Porque Sybil, que ya en la vejez continúa aprendiendo, está llena de arrepentimientos, de miedos y de reproches.
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¿He estado sola? Nunca lo habría dicho, pero ahora que lo pienso, ¿he estado siempre sola? No estoy segura de haberme sentido en casa en el mundo, pero no sé si eso es inusual.
¡Continúo con mi reseña de La corresponsal! Ese lado oscuro, propio de quien existe, convierte a Sybil en la protagonista perfecta de esta historia. Como narradora, nos ofrece de forma generosa un relato sincero sobre su vida. Una vida que comparte con otras personas, personajes secundarios que, como ella, gozan de gran interés; desde una mejor amiga que se entrega al arte de escribir cartas —con ellas, Rosalie y Sybil, asistimos a un homenaje a los libros, con recomendaciones de obras de Joan Didion, Ann Patchett o C. S. Lewis— hasta un joven que no encuentra su lugar en el mundo, pasando por una inesperada amistad con un empleado de un departamento de Atención al Cliente.
Si son de interés, es porque nos hablan sobre cómo habitamos el mundo, sobre quiénes decidimos ser cuando estamos en él. Los personajes evolucionan, dan tres pasos atrás y vuelven a avanzar. Con aciertos, con errores, como ocurre siempre que vivimos (una sola vez). Y, en ese camino que es la vida, nosotrxs, como lectorxs, estamos presentes en todo momento.
Por eso, cuando el libro entra en la recta final, la facilidad con la que conmueve resulta abrumadora. Porque ¿cómo no emocionarse (¡yo he llorado!) cuando unx siente que ha acompañado a la protagonista durante una parte fundamental de su vida? ¿Cómo no hacerlo cuando unx ha sido lectorx indiscretx y descaradx de confesiones innombrables, despedidas nunca escritas u oportunidades inesperadas?
Cada vida, también en la ficción, es un intervalo en este extraño mundo. Qué suerte leer, haber conocido el de Sybil.


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