Cuánto me gustan esos libros que desvelan el final en sus primeras páginas, porque lo que atrapa, lo que realmente importa, es todo cuanto sucede en el camino. El cómo se llega hasta ahí. Lo que se revela en los márgenes, en los huecos que deja la trama principal. La Conejera es uno de esos libros.
Tess Gunty retrata la vida de diferentes personas que comparten un edificio —y muy poco más— en una ciudad del Medio Oeste. Cada una con sus contradicciones, sus heridas, sus intentos por salir a flote. Y, alrededor de ellas, el ruido: el capitalismo salvaje, el machismo que se cuela por cada rendija, la homofobia que se disfraza de corrección, el abuso de poder que se normaliza. Porque, en realidad, nadie escapa de los horrores de vivir.
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Es importante que, de vez en cuando, una persona carismática, guapa, con suerte, se asome a la vida normal.
El libro avanza como un caleidoscopio emocional: fragmentado, rabioso, a veces poético y, otras, brutalmente directo. Una historia llena de ira, de venganza, de miedo, de desamparo. Pero también de lucidez. De esos destellos que, aunque breves, iluminan todo.
La Conejera es una novela con la que se disfruta, con la que se aprende, con la que unx se ve obligadx a mirar hacia fuera, pero también hacia dentro. Y, si se hace bien, una historia con la que se agradece, en silencio, que la vida que a unx le ha tocado vivir no esté —todavía— del todo mal.


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