Uno de los personajes dice: «A veces me quedo atrapado en mis propios problemas, y se me olvida que los demás también tienen los suyos». Es una frase sencilla, pero demoledora, y, en cierto modo, condensa el espíritu de Intermezzo. Porque eso hace Sally Rooney en este libro: recordarnos, con una honestidad dolorosa, que todxs arrastramos algo. Que el dolor, la confusión, el duelo y el amor mal entendido o mal gestionado no son exclusivos de nadie.
Con Intermezzo, Rooney consolida su voz literaria y, a la vez, la lleva un paso más allá. Su estilo sigue siendo reconocible: diálogos afilados, introspección constante, silencios que pesan tanto como las palabras. Pero hay algo distinto, algo más maduro, más afinado, que atraviesa el texto. Es como si hubiera encontrado una forma de narrar el sufrimiento sin necesidad de adornos ni excesos, con una crudeza que desarma pero también consuela.
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La vida es triste a veces. No es bueno fingir que eres siempre feliz.
El libro es, en esencia, un retrato del dolor en sus distintas formas: el dolor por lo que se ha perdido, por lo que nunca se tuvo, por lo que se teme perder. Es también un retrato del desconcierto existencial, de la dificultad de comunicarse incluso con quienes más queremos. Rooney tiene ese don casi inexplicable de hacer que escenas mínimas, casi intrascendentes, se conviertan en espejos donde unx se ve reflejado, con todas sus contradicciones a cuestas.
Para mí, Intermezzo es, sin duda, su obra más sólida. Que no mi favorita —ese puesto sigue siendo de Gente normal, porque hay amores literarios que no se olvidan—, pero sí la más equilibrada, la más completa, la más emocionalmente compleja. Rooney no sólo escribe sobre lo que duele; consigue que entendamos por qué duele, aunque no sepamos ponerle nombre.


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