Sin saber muy bien por qué, tenía la certeza de que el debut literario de Alice Winn me iba a enamorar y a destrozar. Y, efectivamente, lo ha hecho. Como quien da una caricia y luego una bofetada. Una de arena, una de cal.
In Memoriam es uno de esos libros que te acompañan incluso cuando ya los has terminado. Con cierta melancolía, vuelves a él en pensamientos, en imágenes, en frases. Es una historia que deja marca, que se instala en algún rincón del cuerpo y no tiene intención de marcharse. Un cóctel de amor, rechazo, tristeza y esperanza que resulta tan necesario como devastador.
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Siempre lo había mirado así, como si sus defectos fueran cualidades.
De todo lo que podría decir del libro, hay dos cosas que sobresalen. Por un lado, el retrato descarnado de la Primera Guerra Mundial, sin glorificaciones, sin filtros, sin ahorrarse el horror. Y, por otro, la construcción de unos personajes con los que resulta fácil empatizar —querer, incluso— aunque, a ratos, también sea inevitable marcar cierta distancia. Porque son complejos, contradictorios, humanos. Capaces de actos nobles y, también, de cosas que incomodan. Y eso, al menos para mí, los hace aún más reales.
Es un libro que habla del amor —en todas sus formas— en medio del caos. Que pone el foco en el dolor de crecer, de ocultarse, de perder. Y que, aun con todo, deja un resquicio para la luz.
Un libro que siempre recomiendo con un «ten cuidado, pero léelo».


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