Es viernes por la noche, escucho en bucle Magnolias, la canción que cierra LUX, el nuevo disco de ROSALÍA, y me dispongo a escribir esta reseña de Hombres puros sin saber bien qué decir. Pero creo que puedo intentarlo.
El libro de Mohamed Mbougar Sarr comienza con un protagonista al que unx no termina de comprender, llegando a rozar, brevemente, el aborrecimiento (¿la indiferencia?), porque no cae del todo bien: corto de miras, mente ciertamente cerrada, fiel defensor de la norma. Sin embargo, a medida que avanza la historia, el personaje experimenta una evolución que permite ver que, en su persona, conviven dos caras: la que debería ser, la que cree que debería ser, y la que, realmente, es. Con estas dos caras, descubrimos una historia cruda que, en realidad, es la suma de muchas historias.
Una historia de homofobia en una ciudad, Dakar, en un país, Senegal, en el que la homosexualidad es uno de los grandes pecados. Una historia que se refleja en el desprecio a una persona muerta, con una madre que vive sin vida mientras guarda luto a su hijo. En una celebridad que ha vivido toda la vida bajo el yugo de las apariencias, enfrentándose cada día a la posibilidad de perderlo todo. En un imán que deja ver un profundo desprecio hacia las personas homosexuales y que, aun así, para muchxs, se queda corto.
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La homofobia no necesita un pretexto histórico. Ni siquiera estoy segura de que necesite un pretexto: se limita a odiar. El homófobo acaba olvidando los motivos que lo impelían a ese odio.
¡Sigo con la reseña de Hombres puros! Esta homofobia, presente en todo el libro, no sólo se refleja con los hechos que suceden; también con palabras expresadas por algunos personajes que despiertan algo en quien lee. Quizás, frustración, ira. Porque lo que se cuenta, lo que se dice, es una verdad universal que duele: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Así nace un rumor que lo cubre todo, sin ninguna intención por parte de nadie de ver más allá, de saber la verdad.
Ésta es una historia sobre la homofobia y sus horribles consecuencias, sí, pero también es, en parte, una historia de aceptación, de evolución. Y es ahora cuando volvemos a Ndéné Gueye, el protagonista. Porque, al experimentar ese cambio notable en el libro en apenas 190 páginas —yo las he leído del tirón, sin poder parar—, se abre un hueco, por pequeño que sea, para la esperanza.
El tramo final del libro, donde se manifiesta de forma más directa el cambio de parecer, aun con las dudas que se expresan, aun con la nostalgia que atraviesa las páginas, es de una fuerza tremenda. Hay quienes piensan que es innecesario e, incluso, bochornoso (leído en Goodreads), pero a mí me parece un cierre que hace hincapié en esa esperanza, en esa lucha que nunca acaba. «Nolite te bastardes carborundorum», que diría June.


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