Siempre hay una primera vez para todo. Suelo decir que soy un lector entusiasta: termino la mayor parte de los libros creyendo que he leído algo insuperable y, con el paso del tiempo (¡días!), me doy cuenta de que, en realidad, me he dejado llevar por la euforia del momento. Sin embargo, por primera vez en mi vida, me ha ocurrido justo lo contrario: he acabado un libro con sentimientos encontrados y, con el paso del tiempo (¡días!), me he dado cuenta de que me ha gustado muchísimo. Te cuento más en esta reseña de Helena de nada.
La segunda novela de Makenna Goodman, editada en España por Mutatis Mutandis, plantea un ejercicio narrativo tan curioso como arriesgado. Dividida en seis actos (¡teatro!) y protagonizada por apenas cuatro personajes (hombre, agente inmobiliaria, Helena y mujer) que interactúan entre sí de forma inusual, la obra construye una historia fragmentada que gira en torno a un tema tan íntimo como universal: la identidad.
A través del hombre, observamos a una figura masculina con el ego herido. Alguien que disfraza de crítica hacia su obra y su manera de entender el mundo aquello que no es más que el miedo a una generación de mujeres que empieza a cuestionarlo todo. Con la agente inmobiliaria, en cambio, asistimos a un soliloquio magnético, capaz de vender, qué sé yo, se me ocurre, de repente, un peine a una persona calva. Y, entonces, aparece Helena, protagonista indirecta de la novela, cuya irrupción provoca que el relato se eleve, que pase a otro plano, a otra dimensión, a un nivel superior. Por último, pero no menos importante (¡todo lo contrario!), llega la mujer, la otra cara de la moneda, la pieza que da sentido a todo el texto —también a su portada, más reveladora de lo que parece en un primer momento—.
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Alguien me dijo una vez que la vida es un conjunto de detalles a los que eliges prestar atención.
¡Continúo con esta reseña de Helena de nada! Con estos personajes, Goodman reflexiona sobre la identidad, pero también sobre el lado más perverso del capitalismo, en una suerte de monólogo brillante sobre una sociedad que crea necesidades para convertirlas después en dependencia. Habla, además, del éxito y de lo relativo que resulta según quién lo defina: triunfar profesionalmente, encontrar la felicidad o enamorarse. Porque… sí, Helena de nada también es una búsqueda constante del amor, una que culmina en un acto final que, al menos a mí, me ha dejado completamente alucinado.
Helena de nada es una novela extraña, diferente e interesante. No sorprende, por tanto, que unx termine su lectura con sentimientos encontrados, incapaz de decidir de inmediato qué acaba de leer exactamente. ¿Es una gran novela o un libro irregular? Yo lo tengo claro: quien se atreva a dejar a un lado prejuicios y expectativas encontrará una pequeña joya oculta que, con el tiempo y el reposo adecuados, empieza a brillar.


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