Sirva esta reseña de Hamnet de denuncia formal a Maggie O’Farrell por haberme roto el corazón con este libro. No exagero. He sufrido más con esta historia que con alguna que otra ruptura amorosa. De esas que dejan en pausa durante días, que te hacen mirar por la ventana como si estuvieras en un videoclip melancólico. Así me ha dejado Maggie. Así.
Sirvan también estas palabras, pese a la denuncia (que seguirá su curso; faltaría más), para darle las gracias. Porque, en medio del dolor que deja esta lectura, aparece una de esas figuras que se quedan contigo mucho tiempo después de cerrar el libro: Agnes. Qué personaje, qué forma de construirla, de entenderla, de escribirla. Qué manera de dignificar a una mujer tantas veces silenciada, reducida o, directamente, borrada por la historia. De todos los nombres que guarda este libro, el suyo es el que más pesa. El que más brilla. Inolvidable.
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Crece también con el recuerdo de lo que era ser querida por lo que se es, no por lo que se debería ser.
Sirvan, por último, estas palabras para pedirte a ti que leas este libro. Que lo leas sin saber gran cosa de él, que llegues con la mirada limpia, sin expectativas formadas ni ideas prefabricadas (aunque hayas leído ya esta reseña de Hamnet). Porque ahí está parte de su magia: en lo que no ves venir, en lo que se revela poco a poco, en lo que se te instala dentro sin que te des cuenta. Y, cuando lo notas, ya es tarde. Ya no hay vuelta atrás.
Es una experiencia que, desde hoy, recomiendo. Con todo el corazón, aunque esté un poco roto.


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