El libro consigue algo que parecía improbable: que un deporte tan silencioso y cerebral como el ajedrez se vuelva emocionante, adictivo, casi vital. Y nó solo por el tablero, sino por quién se sienta frente a él. Te cuento los motivos en esta reseña de Gambito de dama.
La historia de Beth Harmon es, en esencia, una partida compleja contra el mundo y contra sí misma. Desde niña, su vida está marcada por la pérdida, la soledad, la genialidad precoz y una exigencia interna que, lejos de impulsarla únicamente hacia el éxito, también la lleva al borde del abismo. No es un personaje carismático al uso; de hecho, puede resultar difícil de querer. Pero hay algo en su forma de pensar, de hundirse y levantarse, que hace que la persona lectora no sólo la entienda, sino que sienta lo mismo que ella.
Eso ocurre gracias a la forma en que Tevis narra: sin rodeos, sin distracciones, con un foco absoluto en Beth y en el ajedrez, que no es sólo un juego, sino un lenguaje emocional. Los diálogos —cuando no giran en torno al tablero— son escasos, pero todo lo importante está ahí: en las jugadas, en los silencios, en la forma en que ella observa, pierde, gana, se derrumba, calcula. Incluso sin saber nada de ajedrez, se vive cada partida con la tensión de una final.
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Estaba sola, y le gustaba. Era así como había aprendido todas las cosas importantes de su vida.
La adaptación de Netflix merece mención aparte. Es visualmente impecable, emocionalmente precisa y, en muchos momentos, consigue ampliar y embellecer lo que ya era poderoso en la novela. Una de esas raras ocasiones en que la versión audiovisual no solo está a la altura, sino que, en ciertos aspectos, profundiza aún más en la intimidad del personaje.
¿Con qué debes quedarte de esta reseña de Gambito de dama? El libro no es sólo la historia de una mente brillante, sino también de una niña rota, de una mujer que lucha por aprender a vivir más allá del tablero.


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