Por el Día de la Mujer, preparé en Instagram una publicación dando voz a mujeres que me acompañan, de una manera u otra, cada día. El objetivo era que ellas recomendasen libros escritos por mujeres, y mi amiga Cris, fiel seguidora de mi cuenta, eligió éste de Amélie Nothomb, no sin antes animarme a leerlo. Te cuento qué me ha parecido en esta reseña de Estupor y temblores.
Esta historia de oficinas es, en pocas palabras, una absoluta genialidad. En apenas 144 páginas, Amélie Nothomb hace una crítica sobre el sistema laboral japonés, también sobre la sociedad, a la vez que saca más de una carcajada. Porque, con su novela, la autora ofrece drama y comedia: lo primero, en el contenido; lo segundo, en la forma. Gracias a ésta, la forma, la corta extensión del libro se siente incluso más corta.
Sobre el contenido, me veo en la obligación de decir, de afirmar, de sentenciar, que hay momentos de auténtica grandeza. Las situaciones que se dan en los baños. El monólogo sobre la figura de la mujer japonesa que no me extrañaría que hubiese inspirado a Greta Gerwig en Barbie. El delirio absoluto en una noche de estrés laboral, a punto de perder los papeles (¡nunca mejor dicho!). Las conversaciones entre la protagonista y Fubuki Mori sobre sus capacidades intelectuales. Todas y cada una de ellas (¡y más!) hacen de ésta una novela de lectura imprescindible.
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Mientras existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad.
¡Sigo con mi reseña de Estupor y temblores! Otro de los grandes atractivos de este libro se encuentra en los personajes. Por un lado, está Amélie, que no tiene ningún reparo en decir todo cuanto se le pasa por la cabeza (¡qué cabeza!), lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo necesario y lo innecesario. Es tal la manera en que se presenta a sí misma que, incluso cuando unx piensa que, en la vida real, querría darle un guantazo y decirle «¡Espabila!», en la ficción (¡autoficción!) no puede evitar sentir infinita simpatía.
Por otro lado, están lxs otrxs, lxs verdaderxs japonesxs, no la belga, lxs que han nacido y se han criado en Japón. Ellxs, lxs «enemigxs» —con contadas excepciones— son, en un giro inesperado de los acontecimientos, también víctimas. Víctimas de una sociedad que no permite el error, la falta de dignidad ni de vergüenza, las groserías, las salidas de tono. Por eso, aunque, a ojos de Amélie, son viles, es inevitable sentir cierta compasión por ellxs (¡incluso la protagonista lo piensa!). ¿Cómo no hacerlo con todo lo que se cuenta?
No sé cuánta verdad hay en este texto inspirado en hechos autobiográficos que va directo a mi estantería Abajo el trabajo. Ojalá mucha.


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