En la Tierra somos fugazmente grandiosos no es un libro para todo el mundo. No por ser inaccesible, sino porque exige una forma distinta de leer: más pausada, más atenta, más abierta a dejarse atravesar.
La novela —que no lo es del todo, como tampoco es solo una carta ni del todo poesía—, escrita como una misiva a su madre analfabeta, parte de una premisa dolorosamente hermosa: estas palabras nunca serán leídas por su destinataria. Y eso lo cambia todo. Porque lo que se dice aquí no busca la comprensión de quien lo recibe, sino la liberación de quien lo escribe.
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Porque una bala sin un cuerpo es una canción sin oídos.
Vuong organiza su relato en tres partes: la infancia, la adolescencia y la pérdida. Y cada una está narrada desde un lugar diferente, con un ritmo propio, con un enfoque distinto que responde al estado emocional del narrador en ese momento vital.
La primera parte, centrada en su niñez, es, quizá, la más densa, la más poética en el sentido estricto. Vuong abusa de las imágenes, de las frases suspendidas, de la belleza excesiva. Y, aunque esta decisión pueda ralentizar la lectura, hay una intención clara de forma: evocar el caos, el ruido, la incomprensión del entorno familiar y cultural. Es difícil de leer porque también debió de ser difícil de vivir.
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Porque nada podría quitarme, pensé, si ya se lo había ofrecido todo.
En la segunda parte, con la adolescencia como telón de fondo, el ritmo cambia. Vuong baja a tierra, habla de deseo, de identidad, de validación, de amor y de sexo con una mezcla de ternura y brutalidad. Es aquí donde la persona lectora conecta de forma más directa, porque la historia se concreta. Ya no se trata sólo de belleza, sino de pulsión, de carne, de cuerpo.
En el tramo final llega el golpe. La muerte aparece como personaje invitado, pero también como maestra. Vuong escribe sobre la pérdida desde un lugar tan íntimo que duele. Pero, en ese dolor, también hay algo de calma. Algo que se parece a la aceptación. A entender que amar, aunque duela, sigue mereciendo la pena.
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Se pierde demasiada alegría, te lo aseguro, en nuestro desesperado empeño por conservarla.
Todo el libro está atravesado por una pregunta que nunca se formula del todo, pero que sobrevuela cada página: ¿cómo se escribe cuando el lenguaje nunca ha sido tuyo del todo? Vuong, nacido en Vietnam, criado en Estados Unidos, hijo de migrantes, queer, poeta… responde escribiendo desde la herida y hacia la belleza.


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